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Soñando con Norah Jones en una caseta de obra

n La Semana Grande ha dejado de ser aquel coto remansado de Arturo Fernández y después un digestivo en la terraza del Fontana

 
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Soñando con Norah Jones en una caseta de obra
Soñando con Norah Jones en una caseta de obra  
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RAFA QUIRÓS Si yo tuviera una productora de televisión, mis aspiraciones de alcanzar la celebridad las habría depositado en una fecha cercana en el calendario: el 25 de octubre. Bastaría con que acreditara a un operador de cámara intuitivo para el próximo Sporting-Real Madrid, grabara imágenes de ambiente al final del partido en los vestuarios provisionales de El Molinón y ofreciera el reportaje a alguna de esas series generalistas del estilo «Callejeros».

En esa moda floreciente de documentales de marcado perfil divulgativa, algunos guionistas parecen convencidos de que el televidente veraniego se refocila cenando mientras le dan a contar cuántos culos y tetas se ofrecieren a la vista en la costa de Benidorm. Una obcecación propia de programadores trasnochados y mirones de barandilla, pues el no va más del espectáculo -lo último de lo último- ya no tendrá nada que ver con esa grima de frikis que desfilan en bolas por los arenales de Levante, sino con lo que en un recodo del manso octubre gijonés se convertirá en primicia de alcance intercontinental: «CRA y el Floren-team se duchan en una caseta de obra».

A estas alturas del artículo ya tiene que estar la sobremesa entera de Tele 5 urdiendo el modo de escamotearme la exclusiva. En unas horas los imagino encerrados en su guarida planificando el reportaje, negociando con el vecindario de la torre de El Urogallo para apostar francotiradores con cañones de vídeo digital y entrenando a ese rebaño de locutores suyos que te cuentan la apasionante vida de chulos y suripantas tableteando las frases y entonándolas como en primero de BUP.

Una sesión de zona mixta con Cristiano, Kaká y el «pool» de reporteros de la prensa madridista en el camarote de los Hermanos Marx, digo en los pasillos del barracón de la sala de prensa, tiene garantizado el éxito de crítica y público en formato de docudrama. Si hubiera riesgo de que las imágenes del acontecimiento cayeran en poder de Jorge Javier Vázquez para su rueda de intelectuales, siempre podríamos traspasar los límites de la inmediatez audiovisual y dejarlo todo en manos de la Film Commission (con todas las emes y las eses que ello conlleva). Hablo de inclinarnos por una producción ambientada también al pie de la doliente tribunona, pero con un enfoque más de arte y ensayo. Un toque de denuncia social con megaestrellas rutilantes, canutazos improvisados y mucho vicio oculto (en las estructuras). Lo produciría Marichu Corugedo con el sugerente título de «Estadio Flipy».

Desde que la consejera de Cultura reflexionara en torno al «Oscar» de Penélope como una gran noticia para el turismo en Asturias, la vena cinematográfica nos viene saliendo por las costuras. El verano 2009 es una flebitis confusa de realidad y ficción. Como la primera supera siempre a la segunda, también va por delante en materia de creatividad, como el impactante número de los pirómanos de contenedores en El Rinconín, que no se les habría ocurrido ni a los de Laboral Escena.

Nuestra Semana Grande, por mucho que insistan con lo de «El Consorcio» en Poniente, ha dejado de ser aquel coto remansado de Arturo Fernández y luego un digestivo en la terraza del Fontana. Ahora irrumpe con una enrevesada trama de sobrecostes y fincas recalificadas; una ensalada templada de licitaciones llenas de defectos de forma y el aderezo de una crónica negra que parece inspirada en capítulos de la primera temporada de CSI.

Antes de que brotara este sarampión cinéfilo y fantástico, las secciones de sucesos en el verano gijonés eran unos breves encadenados de carteristas en la Feria y atropellos en el Náutico. Hoy tenemos el virus del género policiaco inoculado en cualquier área de la actualidad. Ese toque de novela negra -en la línea de la trilogía «Millennium», pero con mayor nivel intelectual, a la altura de Paco IgnacioTaibo- alcanzará pronto las reseñas de festejos, antiguo reducto de reporteros en prácticas, con pavorosos titulares del estilo «Enrique Bunbury asesina a José Alfredo Jiménez».

El concepto clásico de programación de Festejos está en crisis. Otra cosa es que te obsesiones con la innovación y experimentes nuevas sensaciones, como en la bella Santiago, donde han contratado a Bruce Springsteen para dejar a sus fans compuestos, con entrada y sin concierto. En el Jovellanos mantienen un perfil más convencional. En ocasiones se animan a provocar al espectador y suelen echar mano de Leo Bassi, aunque en adelante también podrán recurrir a Aulestia. Bajo una primera capa de barniz aburguesado, en Oviedo parece aflorar un nuevo espíritu transgresor. Tienen monologuistas en los balcones y espontáneos que saltan al Tartiere para fustigar de cerca a los guardametas visitantes. Si los obispos catalanes lanzaron diatribas contra el segundo florentinato y sus fichajes millonarios, es que aún no habían hecho el arqueo de lo de Iglesias Caunedo.

El caso de un viejo fan de «Manhattan Transfer» me sirve para ilustrar el cambio en las tendencias veraniegas. Caminaba nuestro hombre hacia El Bibio para una evocadora noche de jazz entre (pocos) amigos, cuando decidió cambiar el concierto por una ventrisca de bonito. ¿Tú también, hijo mío?, le habría espetado el vocalista Tim Hauser, entre sollozos. Aquello debió de ser como lo de la primogenitura y el plato de lentejas, aunque hasta el propio Hauser reconocería el absurdo de comparar lentejas con una buena ventrisca o unos chipirones de potera.

Yo hubiera ido a ver a «Manhattan Transfer» al teatro de la Laboral (apuesto a que me habría encontrado con Gutiérrez Granda en el vestíbulo). Una velada con la «Buena Vista Social Club» pondría patas arriba la venerada terraza de El Jardín, y en cuanto a James Hunter, no me lo imagino sino en el Ronnie Scott's del Soho, mediando una pinta de cerveza irlandesa. La otra noche soñé con Norah Jones para la reapertura del Jovellanos, pero me despertó el ruido de algún comité de solidaridad con Shakira tocando el bombo y esgrimiendo pancartas a las puertas del teatro.

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