FRANCISCO GARCÍA
Cuando hay verano de noticias, como éste último de Gijón, con polémicas urbanísticas, costes y sobrecostes, sucesos escabrosos y goyas de ida y vuelta, desaparecen las serpientes de verano. O las medusas, monstruos marinos recurrentes del encefalograma plano informativo. Un amigo que visitó la costa asturiana hace algunos agostos, me contó que las medusas no son patrimonio exclusivo mediterráneo. Juraba y perjuraba el buen rapaz que él avistó en ese viaje ejemplares de «carabela portuguesa», pólipo venenoso de peligrosa urticaria navegando viento en popa. Dudo mucho de la presencia en las pleamares de Begoña de ese espécimen ciego, deshuesado y que, según los expertos marinos, excreta por la boca, como si fuera la niña oceánica del «Exorcista». En Gijón sólo he visto mujeres con traza misteriosa de gorgona, manos de bronce y alas de oro que petrifican con su mirada de hielo. Y no existe Perseo que resista el envite de perderse en las simas de esos ojos de mar.