LADISLAO DE ARRIBA
En mi preocupación por salvar a nuestra villa de la foraneidad voy a reprochar a mis paisanos el culto, que todos los 15 de agosto, se rinde a la Virgen de Begoña. Nada tengo contra ella (¡Dios me libre!), pero sí contra aquellos nativos que permitieron a los pescadores bermeanos que venían a la costera del bonito que entronizasen a su Virgen en el paseo que lleva su nombre (como antes llevó el de Alfonso XII). Para que no ocurran estas cosas es por lo que estoy en contra de la celebración de misas rocieras, de la festividad de Nuestro Señor Saint Yago tomando la famosa «queimada» y la Feria de Abril al estilo sevillano con faralaes, rebujitos y farolillos. No faltaba más que la colonia navarra en nuestra villa implantara el culto a San Fermín y hubiera encierros desde los Jardines de la Reina a la plaza de El Bibio.
Creo que todos estos despropósitos que nos ocurren es por pereza. ¿Para qué pensar? Se copia y resuelto. Cuando se urbanizaron las huertas del barrio de La Arena, se bautizó a aquella zona como Miami. A un hotel de la calle de Corrida se le denominó Savoy (y en el franquismo Saboya). A un jardín de bailes y verbenas se le bautizó Parque Japonés, como al bonaerense que viene en los tangos. Al más popular de todos los cines gijoneses se le puso Campos Elíseos. En la Semana Santa se oyen (pocas veces) saetas, pero nunca una tonada asturiana dedicada al respecto.
Los gobernantes descuidan estas cosas y así se van perdiendo señas de identidad. Se dedican calles a foriatos que jamás pisaron el suelo gijonés, y se olvidan de meritorios paisanos. Por ejemplo, me lamenté en su día de que se dedicase una calle a Carmen Amaya. Menos mal que no se les ocurrió hacer lo mismo con «Farruquito».
No hay mala intención en ello, sino, simple y llanamente, pereza. Que otros piensen por nosotros, supongo.