FRANCISCO GARCÍA
Gijón fue, ha sido, ciudad de aluvión, de llegada intermitente de foráneos atraídos por el empleo industrial de pasadas décadas. Asturianos o no, llegados a la villa para hacer de ella, en número de efectivos, gran ciudad, muchos procedían de lugares de menor cuantía, de las cuencas mineras, de zonas rurales en decadencia o de pueblos pequeños de la Castilla cereal venida a menos. Tal vez el grandonismo gijonés y el ánimo aumentativo del vocabulario local tenga relación con la llegada de gentes de entidades menores a las que todo en esta ciudad se les hacía enorme. Los que procedemos del secano no logramos sustraernos de la vista impenetrable de la mar. Cuando el horizonte se reduce a la planicie áurea de la parva, la inmensidad oceánica sobrecoge el alma y la hipnotiza, de tal forma que nos acaba embargando el hábito diario de afrontar la medida de esa república de olas y espumas, como los exploradores polares que ya nunca dejan de orientar la mirada al polo Norte magnético.