FRANCISCO GARCÍA
A la vista de estadios como el Olímpico de Pekín; los más modernos pabellones donde se exhiben cada noche las estrellas de la NBA, como el Staples Center, de Los Ángeles; o santuarios futbolísticos como el Alianz Arena de Múnich, cabe pensar que los recintos deportivos contemporáneos se han convertido en las catedrales del siglo XXI. Sus diseñadores han logrado que cumplan idéntica función social que la recreada por los lejanos constructores románicos y góticos en sus templos: ofrecer a la posteridad un hito arquitectónico grandioso para la práctica de rituales urbanos. No es que haya que pedir al Ayuntamiento de Gijón que dinamite El Molinón para construir en el solar resultante un nuevo estadio de mayor capacidad y empaque: no ha llegado el momento de semejante envite. Pero sí, al menos, que a las puertas del inicio de la nueva temporada agilice al máximo las obras en la «tribunona» y en el recrecido de la grada norte, para que no parezca el cemento presa de un reciente bombardeo.