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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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GUILLERMO RENDUELES
Contra el tópico, las vacaciones distan mucho de ser un tiempo salutífero. De los quince días que dura el nomadeo vacacional tres se pasan con algún tipo de alifafe -diarreas, quemaduras, traumas- que en un 20 por ciento de casos persisten tras volver a casa. El riesgo psicológico de la vacación es mayor y, como en el juego de las siete y media, tan malo puede ser no llegar como pasarse. Junto al tedio por la fealdad y la modorra de la ciudad tan atractiva en la guía de viajes, la excesiva belleza conmociona tanto al turista que, afecto del síndrome de Stendhal, termina en un manicomio florentino.
El malestar se anticipa al viaje La ansiedad prevacacional impacienta los trabajos y los días de unas vísperas laborales insomnes por el sueño de un tiempo sin obligaciones o rutinas, donde no rigen las normas mercantiles y es posible vivir como los ricos.
La multitud descreída de cualquier utopía o rito tradicional persevera cada verano en la fe en la vacación adorando los reclamos impuestos por la industria turística. Goffman amplió el concepto de rito religioso -un tiempo sagrado productor de experiencias por encima del mundo ordinario- para aplicarlo a lo cotidiano, donde los ritos románticos y vacacionales también construyen un espacio diferente del cotidiano que transforma al practicante en un hombre nuevo tras la experiencia.
El rito vacacional impone tiempo nuevo, en el que la obligación de calcular y ahorrar que rige la vida cotidiana se sustituye por el deber de derrochar, un espacio donde desaparecen las fronteras entre las clases sociales y los pobres van de crucero. Romantizar la vacación está por ello garantizado: la incertidumbre del viaje sentimentaliza las experiencias más banales (si se siente miedo en el momento de conocer a una bella, el amor se acentúa) y el efecto decorado marino o el lujo hotelero construye el resto de la magia vacacional. Sí con un ambiente como el ofrecido por la agencia turística el viajero no restaurara su yo verdadero viviendo experiencias románticas, debe padecer alguna tara mental similar al que no goza con el Carnaval. En ambos tiempos es obligado -por mercado y municipio- descubrir yoes auténticos o explorar amores transgresores que «liberen» de la obediencia al rol asignado en el tiempo normal .
La conquista del derecho a las vacaciones por parte de las clases populares a mediados del siglo pasado coincide con el cambio capitalista desde una estrategia de dominación a una de seducción. Seducir con la concesión de un mes de ocio a cambio de que el resto del año la vida se transforme en tiempo de trabajo es un buen negocio, si además se aprovecha para imponer las relaciones del mercado en la subjetividad popular transformando el derecho a la pereza en «bienes de experiencia» a satisfacer por el negocio turístico que dicta cuándo toca crucero, playa o montaña.
Depresión, antes de ser un confuso término psicológico que puede significar desde dolores atroces que llevan al suicidio a banalidades cotidianas para conseguir ventajas, fue un pecado llamado acedía. El mal afectaba a frailes que de repente descubrían que sus vidas basadas en los ritos religiosos y la promesa del cielo perdían sentido. Quien padecía la acedía dejaba de acudir a los oficios que les producían tedio, desesperaban de la salvación, y los consejos del abad les resultaban odiosos. Los textos de la época combinan la descripción con citas de San Pablo -«Espíritu de embotamiento les dominaba y los ojos no les servían para ver ni los oídos para escuchar»- con referencias a la bilis negra o las influencias de Saturno.
Me temo que algo de esa acedía se sufre en la depresión vacacional. Una mañana se descubre que las promesas del mercado son falsas y no hay vacación que devuelva aquella sensación del verano infantil en el que las tardes eran eternas y no había un futuro donde pagar las deudas adquiridas en ese tiempo de semilibertad y semilujo. Depresión vacacional es el nombre del descubrimiento de que el mercado sólo satisface las falsas necesidades que su propaganda ha creado, sin la esperanza de haber aprendido para el año próximo, cuando se volverá a participar del rito
Presumo que los «magazines» periodísticos de septiembre reiterarán escritos de autoayuda contra el malestar posvacacional coincidiendo en consejos de restaurar el gusto por la vida cotidiana de «mi misa, mi mesa y mi M. Luisa», que en versión posmoderna se dice: «Mi gimnasio, mi inglés y mis salidas sabatinas».
Para incrédulos en la autoayuda les ofrezco otra terapia basada en la mimesis de los protagonistas de un bello cuento situado en un París sobre el que cae una niebla tan densa que impide cualquier desplazamiento o actividad laboral. Los trabajos se ralentizan y las necesidades se minimizan. Como la oscuridad quita las vergüenzas y el tiempo sobra, las relaciones sexuales se generalizan en una orgía cotidiana y desdramatizada. La vida recobra los gozos infantiles y algo parecido a la felicidad reina en este París de las Nieblas. Un mal viento comienza a esparcir la niebla y, cuando todo amenaza con volver a la normalidad, la población no duda en cegarse, para que tan negro futuro no se cumpla.
Ciudad de México es una metrópoli atroz de la que los pájaros han huido por lo envenenado de su ambiente, que pudre la piel y los pulmones de los pobres que la habitan. Los pájaros volvieron a poblar su cielo y sus habitantes a respirar cuando la epidemia gripal abolió por unas semanas el reinado de San Mercado. En España nuestros mandatarios ya anticipan un apocalipsis de cierre de fábricas, colegios y centros comerciales, al tiempo que «tranquilizan» a la población sobre la inocuidad del virus y construyen en las urgencias hospitalarias entradas especiales para los infectados.
Como no hay mal que no traiga un bien, la pesadilla de nuestros higienistas previene mis riesgos de caer en depresión posvacacional (la previsión de que tras el verano el trabajo subsuma vida) al facilitar mis sueños de que la epidemia -como la niebla del cuento- permita que las vacaciones no terminen cuando mandan la ley y el mercado.
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