R. GARCÍA
R. G.
Destrozó la terraza de una cafetería de la avenida de Portugal porque el establecimiento no tenía gambas y, para acompañar a la cerveza las camareras le pusieron unas, según sus palabras iracundas, «míseras aceitunas» que le supieron mal. A. C. D., un gaditano y vecino de La Coruña de 54 años de edad, fue detenido el pasado martes acusado de causar daños por valor de más de 500 euros en la terraza del citado establecimiento.
Este sorprendente suceso comenzó alrededor de las cuatro de la tarde del pasado martes. Después de visitar varios establecimientos de hostelería, y en evidente estado de embriaguez, el gaditano recaló en una céntrica cafetería situada en la avenida de Portugal. «Entró y pidió una cerveza que pagó religiosamente sin dudar», relataba ayer la camarera que lo atendió, aún conmocionada por el arranque de ira de este cliente.
«Era incluso amable, aunque se le notaba que estaba algo acelerado», añade la camarera. La actitud del cliente se torció inexplicablemente pocos minutos después: «Al rato de sentarse en la terraza volvió a entrar al establecimiento y pidió unas gambas para acompañar a su cerveza. Cuando le dijimos que no teníamos empezó a enfurecerse y a llamarnos de todo, faltándonos al respeto sin parar». Las empleadas del establecimiento intentaron entonces calmarle ofreciéndole una tapa de aceitunas, las cuales el hombre rechazó asegurando que estaban malas y que eran «una mierda». «Le dijimos que se calmara y que saliera a la terraza a tranquilizarse», explica una de las testigos del suceso.
El hombre, visiblemente contrariado, hizo caso a las trabajadoras de la cafetería. Salió a la terraza, pero lejos de calmarse, siguió despotricando contra las empleadas y contra la tapa de aceitunas. «Empezó a tirar mesas a la calzada sin parar», explica una camarera. El gaditano, enfurecido y supuestamente ebrio, lanzó varias mesas a la calle, rompió la pizarra donde se apuntan los precios del establecimiento y se llevó por delante varios vasos y botellas de las consumiciones de los clientes, retándoles a que se atrevieran, según la camarera, «a avisar a la Policía». Y así lo hicieron, a la vista de la actitud violenta del personaje.
Intentó huir cuando se percató de que las empleadas habían avisado a Comisaría pero no lo consiguió. La casualidad quiso que dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía patrullaran en ese momento por la zona y se encontraran repostando gasolina en la avenida de Portugal, por lo que se personaron en la zona en apenas segundos y consiguieron detener al hombre, que no opuso resistencia.
El detenido, que contaba con antecedentes policiales por robo, se negó a declarar en la Comisaría ante los agentes policiales que le interrogaron. Las que sí lo hicieron fueron las trabajadoras del establecimiento que sufrió los daños materiales de su ira: «Al menos que quede constancia de lo que hizo, porque sabemos que todos los daños que causó ya no los va a pagar nadie», señalaban ayer. «Fue un maleducado y nos insultó con saña; queda el consuelo de que al menos haya pasado una noche en los calabozos», concluyen.
En la mañana de ayer, los empleados de la cafetería tuvieron que sustituir todas las mesas y sillas de la terraza. «Al recordarlo ahora nos reímos, pero en ese momento la verdad es que las pasamos canutas», sentencia una camarera.
A. C. volvió ayer a las calles de Gijón después de pasar casi 24 horas en los calabozos de la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía, en El Natahoyo. El juez de instrucción que se encontraba de guardia en la mañana de ayer decidió dejarle en libertad con cargos tras oír su declaración. Ahora el gaditano, vecino de La Coruña, se encuentra a la espera de juicio que deberá celebrarse cuando las partes implicadas terminen la formulación de las oportunas denuncias y el Juzgado finalice la instrucción del procedimiento penal.
«No es la primera vez que nos pasa algo así, aunque esta vez haya tenido algo de anecdótico y se saldara sólo con daños materiales», relataba ayer una de las camareras del bar que atendió al enojado cliente de las aceitunas. «Cuando estás detrás de una barra te tienes que acostumbrar a que entre todo tipo de gente», explica, resignada.
Cabe pensar que los clientes no siempre tienen la razón. Ni siquiera cuando pides gambas y te ofrecen a cambio un plato de aceitunas.