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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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MANUEL GARCÍA-MORÁN DOCTOR EN CIRUGÍA Y ESCRITOR POR CUCA ALONSO Manuel García-Morán no es un señor de Oviedo que pasaba por aquí, sino un asturiano universal por su trayectoria científica y humana, a lo que debe sumarse su talante abierto a Gijón. Él lo llama tener el alma bicolor. En la actualidad participa en el torneo de bridge que se celebra en nuestra ciudad. Así que al finalizar una de las partidas nos sentamos frente al mar en grata conversación, enlazada en recuerdos y amistades comunes.
Manuel García-Morán sigue siendo el hombre risueño, extravertido y natural de siempre; tanto que cuesta trabajo imaginar su extremo rigor en el quirófano, la profesionalidad que lo ha llevado a erigirse como uno de los mejores cirujanos españoles de la segunda mitad del siglo XX. En su charla tiene constante presencia su padre, el célebre Joaquín García-Morán. De su matrimonio con Beachu Bezares, tiene cuatro hijos, y seis nietos.
Nacido en Oviedo (1935), mayor de cuatro hermanos -«dos somos de antes de la guerra y dos de después»-, hizo sus primeros estudios en el Instituto Alfonso II de Oviedo, y posteriormente la carrera de Medicina en Madrid, lo que lo llevó a residir en el Colegio Mayor Nebrija.
-De no ser médico, ¿qué camino hubiera seguido?
-Nunca me pasó por la cabeza ser ninguna otra cosa. La medicina era el ambiente que viví desde pequeño. Recuerdo que después de la guerra mi padre iba de visita a los pueblos, en aquellos taxis de gasógeno y yo lo acompañaba muchas veces. También veníamos al fútbol a Gijón. Pero, es curioso, él, mi padre, había nacido en Luanco en una familia modesta y estuvo a punto de hacerse marino, aunque acabó decidiéndose por la medicina. Mi madre, Cecilia López, era de Cudillero. Ambos se casaron en Verdicio. Yo no dudé, tuve muy claro que quería ser médico.
-Y cirujano...
-Por supuesto. Hice la especialidad en París, cuatro años, y el doctorado en Nueva York. Mis padres siempre habían querido que aprendiéramos idiomas, y durante la adolescencia pasé largas temporadas tanto en Francia como en Inglaterra.
-¿En qué basó su tesis doctoral?
-En los trasplantes de hígado. El primero lo había realizado el cirujano Thomas Starzl, en Denver, en 1963. Yo conocí a la niña de ese primer trasplante: se llamaba Yuli Rodríguez, era chicana y sobrevivió un año. En 1968, al producirse el primer programa de televisión vía satélite, se retransmitieron cuatro temas; en uno de ellos intervenía Thomas Starzl hablando de los trasplantes de hígado. Hoy viven miles de personas en todo el mundo merced a esa técnica. Enrique Moreno, premio «Príncipe de Asturias» de Investigación Científica, 1999, es uno de los grandes maestros del trasplante hepático en España. Leí la tesis en Madrid y me dieron el premio de la Academia de Medicina.
-¿Usted en qué centró su especialidad?
-En el aparato digestivo. Mi padre siempre quiso que fuera un buen médico antes de ejercer la cirugía, así que trabajé en la Clínica de la Concepción como médico interno, alumno de Jiménez Díaz. En realidad he sido un niño mimado en muchos aspectos de la vida. Todos aquellos médicos, incluido Jiménez Díaz, eran amigos de mi padre, lo admiraban y, en consecuencia, su dilección recaía en mí.
-¿Cómo llegó al Hospital General de Asturias?
-Hice oposiciones y entré como adjunto en el equipo de mi padre. Cuando él se jubiló, en 1974, asumí yo la jefatura del servicio de cirugía. Fueron treinta años, desde 1975 a 2005, en que dejé también la Universidad; era profesor titular de Cirugía en la Facultad de Medicina de Oviedo. En una ocasión, coincidiendo con una grave crisis en el Hospital, estuve a punto de irme a Madrid. Había recibido una oferta muy interesante del Hospital Ramón y Cajal, y lo pensé en serio, pero... Mi padre no andaba bien. Se le hizo un examen y el diagnóstico exigía una operación inmediata. «Quiero que la hagas tú», me dijo.
-¿Tuvo valor?
-Sí, era un cáncer de colon, pero todo fue muy bien: vivió 14 años más y su muerte no tuvo nada que ver con aquella enfermedad.
-¿Cómo sería su balance de quirófano?
-Bueno. Tuve suerte al trabajar con magníficos profesionales: el primero, mi padre. Todo me ha ayudado; el ambiente científico de Oviedo, las vivencias del Colegio Mayor de Madrid, y las de la Facultad de Medicina. En los quirófanos se pasa mal, pero las satisfacciones que se reciben son muy grandes cuando puedes resolver problemas serios. Hoy veo a personas que viven, incluso habiendo padecido un cáncer sin saberlo porque no se lo dijimos. Todavía alguno me dice: «¿Acuérdeste del miedo que pasé creyendo que era malo?». Y era malo. De las últimas cosas guapas recuerdo un sábado que estaba a punto de irme a jugar al tenis, cuando sonó el teléfono. A un chico, como consecuencia de un accidente de tráfico, le había roto el hígado y no podían controlar la hemorragia. Me puse un pantalón encima del de tenis y salí corriendo. Lo sacamos adelante al cabo de varias horas. Es una alegría grande pero íntima.
-¿Y no hay páginas negras?
-Alguna; pocas, gracias a Dios. Operamos a un señor y todo salió bien. Años después fue preciso hacerle una segunda intervención, en la que no cesaba de sangrar. Al fin se detuvo la hemorragia, pero al día siguiente volvió de nuevo a sangrar; tuvimos que operarlo de urgencia otra vez, cortamos la sangre, pero esa misma noche murió. Me quedé hundido porque yo no lo entendía. Luego, al analizar su sangre, se descubrió que estaba contaminada de un germen muy raro. Al fin me tranquilicé, dejé de sentirme culpable. A lo largo de mi carrera tuve que operar a muchos amigos y familiares, me convertí un poco en un San Manuel, con demasiadas responsabilidades sobre mi espalda, así que en 2000 decidí abandonar el quirófano. De las últimas operaciones que hice, fue quitarle la vesícula a mi madre.
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«Nunca se me pasó por la cabeza ser otra cosa que no fuera médico; hice la especialidad en París y el doctorado en Nueva York»
«Fui alumno de Jiménez Díaz; he de reconocer que he sido un niño mimado en muchos aspectos de la vida»
«Todavía hay algún paciente que me dice: "¿Acuérdeste del miedo que pasé creyendo que aquel tumor era malo?" Y lo era, pero nunca se lo dije»
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