FRANCISCO GARCÍA
La cuestión no es si Gijón merece o no una programación estable de ópera, que va a ser que sí, de igual forma que la merecen en Ribadesella o, por ir a la otra punta de Asturias, en Vegadeo. El «bel canto» no parece patrimonio de clases ni de castas. Como el golf, entra en campos municipales y llena. La ópera está en todas partes: hasta en la sopa de los anuncios televisivos. Incluso en los programas de «frikis» musicales aparece un genio anónimo con trazas de tenor que logra erizar con su voz al respetable. En Inglaterra, un tal Paul Potts, un galés vendedor de teléfonos móviles, se presentó al programa «Los británicos tenemos talento», al que acuden tipos capaces de cualquier habilidad disparatada y chocante. Cuando Potts entonó «Nessun dorma», de «Turandot», el público lloró de emoción. De cualquier forma, no convendría rasgarse dramáticamente las vestiduras por nuestra suerte esdrújula: en esta ciudad ya tenemos el hípico, un espectáculo social que es a Gijón como la ópera a Oviedo.