FRANCISCO GARCÍA
Como todas las modas que llegan desde el otro lado del océano se acaban imponiendo, pronto se nos llenarán los parques y jardines de cultivadores a tiempo parcial de tomates, lechugas y berzas. Da la vuelta al mundo la foto de Michelle Obama laborando en el huerto ecológico de la Casa Blanca. Es la nueva versión del rastrillo de las primeras damas. Pero habilitar parcelas urbanas para prácticas agrícolas no es cuestión de lechuguinos, sino una idea brillante y asumible en Gijón. Huertos urbanos donde los habitantes de la ciudad podrían producir alimentos para el consumo familiar y vender los excedentes en pequeñas tiendas y medianas superficies locales. El siglo XXI será agropolitano si se logra conciliar las dos grandes revoluciones de la humanidad: el Neolítico, que nos convirtió en agricultores, y la invención de las ciudades. Incorporar conocimientos campesinos a la gestión de la ciudad se antoja otra demostración de que a veces lo más moderno viaja en carretas de antiguo.