J. M. CEINOS
De muy lejos les viene a los gijoneses su relación saludable con el agua, como prueban las ruinas de las termas romanas bajo el Campo Valdés o el ara a la Fortuna Balnearia hallada en los pagos de Tremañes. Pero lo que no está aún claro es si los pobladores del istmo de Cimavilla ya se daban los nueve baños de septiembre cuando Roma dominaba el mundo conocido.
Leyenda urbana, superstición o simplemente una tradición local más, lo cierto es que son legión los propios y forasteros que no perdonan los nueve baños septembrinos seguidos, cuando la temperatura del agua y la atmosférica tienden a ser parejas.
Los baños de mar o «pasar les oles», cuenta la gijonesa Isabel Rodríguez, «ya eran muy famosos a mediados del siglo XIX y se hacían cinco días del creciente de septiembre y nueve olas por baño, al menos es lo que yo sé». Se daban en la playa de Pando, desaparecida en el último tercio del XIX, cuando se construyeron los muelles y dársenas de Fomento y Fomentín. Tan famosos fueron que Isabel II tomó baños de ola allí, alojada en el palacio de Revillagigedo, aunque algunos republicanos de la Primera dijeran que para calmar sus conocidos furores amatorios.
Desde Ceares baja todos los días del año a La Escalerona Lydia Merlo, nacida en Valdepeñas pero arraigada en Gijón desde que tenía un año. «Llevó treinta años bañándome todos los días y en la playa escuché lo de los nueve baños de septiembre».
Hace veinte que los hace a rajatabla y «no me pintan mal, aunque el año pasado y el anterior cogí algún catarro; pero serán cosas de la edad, que ya tengo 64». No obstante, Lydia Merlo tiene claro que «tiene que ser bueno; incluso ahora se puso de moda comer algas y nosotros nos pasamos ocle por la piel».
¿Sirven los baños de septiembre para pasar mejor el invierno? Margot Pestaña, gijonesa nacida casualmente en Pola de Laviana y criada en El Parrochu, no tiene la menor duda: «Desde cría siempre lo vi en casa toda la vida; dicen que en septiembre el agua tiene más yodo y que es bueno para no tener catarros en el invierno. Todos los años los doy y nunca estuve mala».
Antes de residir en Gijón, desde su villa natal de Mieres venía a orillas de la mar todos los años, con sus hermanos, Juan Carlos Menéndez: «Mi padre nos traía a la playa, compraba una palada de oricios cuando se vendían en camiones frente a la pescadería municipal y nos los daba a todos los hijos crudos con un tenedor».
Cuenta Menéndez, actual director general del balneario de Talasoponiente: «Mi padre tenía mucho miedo al bocio, que es por falta de yodo, por eso era obligatorio comer oricios crudos, por el yodo, que es el mineral marino por excelencia e indispensable para el funcionamiento de la glándula tiroidea, para el crecimiento y para la salud mental».
¿Hay alguna explicación científica para que sean nueve los baños? Juan Carlos Menéndez opina que «por tradición la gente sabe que son buenos los baños de mar; que tengan que ser nueve puede tener relación con que casi todos los tratamientos en los balnearios son de diez días, es decir, es ya una ley natural que es el tiempo que tarda la piel en producir ese efecto beneficioso».
Desde las tierras mesetarias proclives al bocio llegaban en ferrocarril a Gijón todos los años a los que pronto los gijoneses llamaron del «sábanu», definición derivada de la especie de sábana que se ponían las mujeres del otro lado del Pajares para darse los baños de ola, bien agarradas a las maromas clavadas sobre estacas, en aguas de San Lorenzo, en una migración estacional a la inversa de los asturianos de brumas y lluvia, que con los años acabaron pasando la Cordillera para «secar» los bronquios o mitigar los rigores de la silicosis en los páramos de la Meseta.
Recuerda Margot Pestaña de las del «sábanu» que «tenían un miedo que se morían; se cogían a la maroma y no se soltaban, pero daba no sé qué verlas: llevaban una especie de sábana que en cuanto se mojaban se les quedaba pegada al cuerpo y, al final, quedaban peor que nosotras, que íbamos en traje de baño, y mucha gente que venía de fuera no se duchaba después de bañarse, para que les quedase el salitre en la piel».
«De mi época, y tengo 75 años, todavía conozco a gente que a las siete y a las ocho de la mañana va a darse los baños de septiembre antes de ir a trabajar o hacer la compra», relata Margot Pestaña en las instalaciones del balneario de Talasoponiente, donde, según Juan Carlos Menéndez, «existe ese vaho que queda nebulizado en el aire, el salitre queda en el ambiente, que es salinizado favorecido por el agua que está caliente».
Leyenda urbana, superstición o tradición gijonesa, los nueve baños septembrinos forman parte del acervo local, aunque la Organización Mundial de la Salud no los tenga contemplados en sus medidas para combatir la gripe A que amenaza con ser la noticia de la próxima temporada otoño-invierno. Por si acaso, aún queda tiempo para darse los nueve chapuzones cuando la mar cura en septiembre.