FRANCISCO GARCÍA
El maestro de juristas y de príncipes Aurelio Menéndez, factor asturiano indispensable de la transición democrática con muchos otros, algunos también hijos de esta tierra y dignos de reivindicar, como Torcuato Fernández-Miranda, esbozó en su discurso de la fiesta de la autonomía una serena reflexión sobre la condición de ser asturiano. Parece cierto que la tensión vital entre la timidez y el grandonismo supone una suerte de determinismo cincelado en el alma caliza de los habitantes de esta tierra a modo y ejemplo de un paisaje de cumbres y socavones, de elevación y subsuelo. Situando la reflexión en la arena -o en el arenal- de Gijón, la pregunta es: ¿son los gijoneses más grandones, o menos tímidos, que el resto de los asturianos? ¿Condiciona el paisaje costero, la resaca y el acantilado la forma de ser de los de aquí? Tal vez sí sea seña de identidad local la visión permanente del horizonte oceánico, que es forma metafísica de trascender. Por eso el gijonés detesta que le tapien la mirada del mar.