FRANCISCO GARCÍA
Gijón es una ciudad con árboles, lo cual supone un elogio. El otro elogio coral. Las ciudades carentes de arbolado parecen un mar de cemento a la deriva. Cada metro que el hormigón le gana a las raíces de la tierra es un segundo menos de vida que le queda al planeta invernadero. No se puede vivir sin árboles, literalmente: no hay vuelta de hoja, ni caduca ni perenne. Paseando de mañana temprano por Gijón, al abrigo de ejemplares de distinto porte, cualquier viajero recuerda a Varsovia, donde sorprende la aparición de avenidas y plazas plagadas de grandes árboles. Para los polacos el árbol es un tótem, el guardián de su casa. Polonia, uno de los países más invadidos de la historia, no dispone de accidentes geográficos que le protejan del enemigo. Su defensa natural fue siempre el bosque, maraña verde que ejerció durante siglos de muralla, de atalaya y de vigia. En Gijón el árbol es soporte, alimento y medicina. Un respiro ante el avance de los muros y los paredones.