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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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AGUSTÍN GUZMÁN SANCHO
No lo hay como Cimadevilla para recrear y revivir el tiempo pasado. Este barrio ofrece como ninguno al paseante solitario y romántico lugares y callejas que saben a historia; piedras entrañables que saben de vidas y emociones.
En este mes, en estos días, el barrio se engalana y está en fiestas. Ello nos invita a recordar al calor de la buena vecindad viejas historias del barrio y a hablar de un lugareño de antaño, de un playu de siglos atrás, porque de lo mucho que encierra nuestra ciudad, es sin duda este viejo barrio el que más gusto y sabor a Jovellanos nos ofrece: en él nació Jovino y en él esperan sus cenizas un nuevo nacimiento; él hizo a Jovino y llenó las primeras experiencias de su vida, aquéllas de las que no se dice nada entre sus biógrafos, porque es siempre la infancia la etapa oscura, la época íntima del ser humano; y, sin embargo, es la que encierra el secreto de nuestra personalidad.
Imaginémonos, pues, a Jovellanos niño de barrio, de este barrio. No diferimos mucho los niños de ayer -nosotros- de los de hace doscientos ayeres; no. Por eso es fácil imaginar a Jovellanos saltando, brincando y correteando, dejándose llevar por el instinto vital o, seguramente, nadando en la playa de la Trinidad (cerca de lo que hoy son los Jardines de la Reina y no en la concha de San Lorenzo), o pescando en el Cascayu, al pie de la Casa de las Piezas, o jugando al «cascayu».
Conocemos a un amigo de correrías, un muchacho de la misma edad, Juan Agustín Ceán Bermúdez. Tal vez no fuera del barrio, porque sabemos que su abuelo era un escribano que tenía un negocio modesto en la calle de la Cruz de la Huelga (la que hoy llamamos calle Corrida); pero no importa, el barrio también fue para él. Juntos, suponemos, jugarían al volante, un juego consistente en lanzarse los jugadores uno a otro, con sendas especies de raquetas, una pelota de madera o de corcho, forrada de piel, con un penacho de plumas, lo que hoy es el bádminton. Lo suponemos porque sabemos que Jovellanos era aficionado a este juego, y que la víspera de cumplir los 51 jugó a él, tal vez en la huerta o en los prados de su casa.
La Escuela de primeras letras, una casa propiedad del municipio, a la que seguramente iría Jovellanos, estaba en el propio barrio, pegando a la fuente de la Atalaya, que servía al desembarcadero que estaba junto a la iglesia de San Pedro y, por tanto, próxima también a su casa. Sería su maestro don José Menéndez, del que sólo sabemos que ejerció hasta el año 1753. Y en cuanto a su preceptor de Gramática, lo sería probablemente don Juan de Villanueva, del que, en ese mismo año de 1753, se quejaban los señores regidores y entre ellos el alférez mayor, don Francisco Gregorio, padre de Jovellanos, de su poca energía en combatir «la desenvoltura tan grande en que andan y se ejercitan los estudiantes en travesuras por esta villa». No creemos que esa clase de desenvoltura fuera propia de Jovellanos.
¿Qué queda de aquel Cimadevilla del Jovellanos muchacho? Algunas cosas. Se nos ocurre pensar, por ejemplo, en la casa del marqués y su pozo. Seguramente Jovellanos llevaría en sus recuerdos de la infancia la imagen de la grave ceremonia que tenía lugar todos los años, el 23 de junio, alrededor del pozo que estaba junto a «las casas» de su tío, el marqués de San Esteban (hoy palacio de Revillagigedo). Antes, en la llamada Torre del Reloj, que era a la vez Casa Consistorial, cárcel y oratorio, y alguna vez servía de escenario para juegos y habilidades teatrales, había tenido lugar la elección de jueces. Allí un muchacho como él, tal vez él en alguna ocasión ¿por qué no?, sacaba al azar con su mano inocente entre dos docenas de bolas de plata removidas en un cántaro de cobre la que contenía la cédula o papeleta con el nombre del nuevo juez.
Después la comitiva se trasladaba al pozo de la plaza del Marqués, por ser lugar abierto que permitía la aglomeración de gentes. Trasladémonos también nosotros como unos espectadores más a este entrañable lugar del barrio y seamos testigo de cómo el escribano hace la publicación del elegido, y el juez saliente da la posesión al nuevo, quien a su vez hace juramento a Dios Nuestro Señor y a una señal de cruz, prometiendo hacer bien y fielmente el empleo de tal juez sin faltar a la justicia, amparando a viudas y huérfanos, y no quitando derecho alguno a los pobres. Y fíjense cómo al final recibe una vara de junco con una cruz. Jovellanos, ya de mayor, anotó en su diario en más de una ocasión el resultado de estas elecciones anuales.
Desde este pozo se divisaba como se divisa hoy en parte el Muelle, es decir el puerto. Durante la infancia de Jovellanos el Muelle ofrecía una imagen bien distinta. El puerto estaba medio en obras, medio derruido. El día 21 de enero de 1749, acababa de cumplir Jovellanos 5 años, el mar derribó gran parte del lienzo que pegaba con la Puerta de la Villa, aquella que luego se llamó Puerta del Infante y fue trasladada a la hoy plaza del Seis de Agosto; y derribó otra considerable porción que estaba inmediata al paraje donde se hallaban los navíos, la que del todo quedó cortada y al raso, y asimismo la del otro lado que, con la troza que cayó hacia la boca del muelle, dejó el puerto casi cerrado y en término de no poder recibir embarcación.
Dos años más tarde (Jovellanos tenía 7 años), aún seguían los sillares desprendidos interceptando la entrada del puerto (¿Correría y saltaría Jovellanos con la temeridad de la edad por estas piedras?). Fue preciso que el padre de Jovellanos acudiera a la Corte para tratar de conseguir del rey algún arbitrio para su pronto remedio. Sería la primera separación entre padre e hijo, que duró casi un año.
Y aún debió de dejar más profunda huella que la de la separación, porque Francisco Gregorio de Jovellanos no logró del todo su propósito, pues, concedido el arbitrio, algunos inconvenientes que se atravesaron fueron retardando su despacho y ejecución, «cuyo dolor -se dice en las actas del Ayuntamiento- fue mucha parte de la indisposición que le puso en riesgo de perder la vida y en estado tan infeliz de salud que dejando el expediente con nada que hacer se vio en la precisión de retirar[se] a [su] país». ¡Qué importancia no adquiriría en el hombre futuro el puerto de su villa, que le había costado el duro pesar de ver a su padre lejos primero, y enfermo después! Este ejemplo paterno, estas experiencias de su infancia, lo harían, sin duda, playu.
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