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Estampas jovellanistas de Cimadevilla (II)

Días de bullicio y soledades

n Un paseo por los lugares del barrio alto donde encontró la felicidad y el dolor el polígrafo gijonés

 
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Días de bullicio y soledades 
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AGUSTÍN GUZMÁN SANCHO No es muy difícil, como vamos viendo, imaginarse a Jovellanos por los lugares donde fue feliz. Les invito a seguir recorriéndolos con la imaginación. Vayamos ahora frente a su casa. Han pasado muchísimos años. Es una noche serena de comienzos del invierno y en los balcones asoma la luz de los candeleros. Don Gaspar, como casi todas las noches, tiene tertulia en el cuarto de la chimenea, donde se juega a la secansa y al mediator. Hoy además tiene invitados: ha llegado su anciano tío el abad de Villoría y el conde de Peñalva con su Juanín, un joven tan divertido que hace juegos de manos, y muy bien, por cierto, a decir de su anfitrión. También arriba en la casa de Nava hay más bullicio que otras veces; también ahí tienen huéspedes. Todos han venido al gran acontecimiento: la inauguración del Real Instituto de Náutica y Mineralogía. Por ello se han empavesado los barcos anclados en el puerto, y la torre de la iglesia está iluminada.

De pronto, las niñas de Ramírez y los invitados han dejado la baraja y se han asomado a los balcones y ventanas. En la plazuela de los Jovellanos los pedreros, trasladados allí, tal vez desde la que se llamó la Casa de las Piezas, han atronado el aire con quince tiros de artillería, los mismos con que se obsequian al regente o al obispo cuando visitan la villa. Acto seguido, una improvisada banda de aficionados y de la tropa, acantonada a causa de la guerra, comienza a tocar bellas serenatas. ¡Qué alegre noche para Cimadevilla! Durarán los festejos tres y hasta algún día más con nuevas salvas, función religiosa, doctos discursos, sentidas poesías, concurridos bailes, alegres músicas, abundante y bien servido refresco para más de trescientos personas entre playos y foratos, y un brillante acto académico en una vieja casa, llamada del Forno por un horno que allí había. Francisco de Paula había solicitado y obtenido su desvinculación de su mayorazgo y la había regalado para sede del Instituto. Ahora se mostraba engalanada no sólo por dentro, sino también por fuera con bellos trasparentes en sus ocho ventanas y dos puertas.

No será ésta la primera vez que la Casa del Forno sea objeto de un inusitado y brillante acto académico. Fue nombrado don Gaspar embajador en Rusia, y la Universidad, que no había acudido a la inauguración del Instituto, es más, se había opuesto a su creación junto con el Ayuntamiento de Oviedo, decidió ahora congraciarse con él nombrándole doctor honoris causa. Y Jovellanos acepta el nombramiento con una condición: que la ceremonia de investidura se hiciera en el Instituto. Y entonces sí, la Universidad de Oviedo, por medio de sus representantes, se traslada a Cimadevilla a cumplimentar a su ilustre vecino. A las puertas de la Casa del Forno aguardaba, formado, el claustro de profesores, y en el primer descansillo de la escalera don Gaspar. Allí, con todo el boato acostumbrado y de estilo, se le entregó la borla de doctor y el testimonio del acuerdo de la Universidad. Sí, has sido tú, barrio de Cimadevilla, el lugar privilegiado donde el inmortal Jovellanos fue nombrado doctor en leyes y cánones, tú que hoy tienes entre tus casas una que lleva el rótulo de Universidad de Cimadevilla, notable escuela de jurisconsultos.

Pasaron aquellas algazaras y vinieron otras. Al poco de este suceso, tan sólo cinco días después, un carruaje atraviesa la misma plazuela de los Jovellanos llenándola del alegre son de los cascabeles de las mulas. Nadie advierte su presencia, por el momento, porque nadie la espera y es la hora de comer, salvo el hortelano, quien corre la voz de que ha llegado una posta de Madrid. Se lo toman a broma, hasta que el propio administrador de correos entrega un pliego y en él la noticia que cae como un reguero de pólvora y atruena la casa y el barrio y la villa entera: ¡Jovellanos, ministro! Sí, se llena la casa de gritos y de abrazos, de amigos y de quienes quieren parecerlo. Fue entonces cuando Jovino escribió en la intimidad de su diario aquellas palabras que merecen ser recordadas por todos en todo tiempo como paradigma y espejo de rectitud política: Haré el bien, evitaré el mal que pueda; ¡dichoso yo si vuelvo inocente!

Han pasado más de cinco años, los vecinos de Cimadevilla echan de menos la alegría y el bullicio, el trajín que otro tiempo tuvo la vieja mansión de los Jovellanos. La casa aunque habitada parece abandonada. La ocupa una señora viuda que por su aspecto y soledad parece arrastrar una honda pena. Y así es, le aflige la suerte de su único hermano a quien un día sacaron de aquella casa en secreto y lo condujeron preso a la isla de Mallorca por orden de su majestad el Rey. En varias ocasiones ha escrito al soberano pidiendo clemencia y no le han hecho caso. Le aflige también la escasa salud de su única hermana, monja en el vecino convento de recoletas agustinas. Recuerda Catalina, que así se llama la solitaria dama, aquel día de julio, pardo y bochornoso en que su hermana se convirtió en sor Josefa de San Juan Bautista.

Fue un día de alegría en que la clausura de las monjas se relajó un tanto para hacer partícipe a los vecinos de un acontecimiento para ellas alegre. Delante del convento del Santísimo Sacramento y Purísima Concepción se había congregado el barrio. Allí, a vista de todos, plantó su mesa y sus útiles el escribano don Gregorio Fernández, conocido por el familiar nombre de Gori, y ante él otorgó la novicia su testimonio de libertad y la renuncia de sus bienes y fundó una escuela en el barrio para huérfanas, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Recuerda Catalina cómo después la nueva monja fue calle abajo, recibiendo el parabién de sus vecinos, hasta llegar, tras doblar el hospital y atravesar la capilla de los Remedios, hasta la casa de sus padres donde le aguardaba su hermano Francisco de Paula, que no había podido asistir a la ceremonia por estar enfermo. Y aunque nadie lo recuerda, se despidió también de aquellas estancias de su infancia, de aquellos objetos y cuadros familiares que nunca más vería.

Don Gaspar, que por no aprobar la profesión religiosa de su hermana prefirió ver el ceremonial desde lejos, ahora ha escrito desde su prisión de Mallorca encargando a Catalina que cuide sobre todo de la monjita, que la consuele y la asista y que haga que nada le falte, y, aunque no se lo hubiera dicho, igual lo haría. Pero, ¿qué consuelo puede dar ella a una mujer tan entera, a quien, como ella misma decía, le bastaba y le sobraba con el pequeño trozo de cielo que veía por la ventana enrejada de su celda?

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