CEFERINO MENÉNDEZ
Lo más difícil fue convencer a mi hijo Gonzalo, de 8 años, de que no hacía falta llevar casco, «pero papá si está todo en obras, y además, sucio», protestó. Lo de ir al campo con tiempo lo recibió mi hija Julia, de 11 años, con su habitual tendencia al sarcasmo, «por una vez llegaremos a la hora».
Una vez en el lugar de autos, mis hijos preguntaron «¿y nuestros asientos?». Tardaron en entender que esto era sin numerar, no conocieron el cine «Fac». Encontramos tres asientos seguidos. Los niños miraban de reojo la estructura. Menos mal que no les dije que la había colocado la empresa de un antiguo director general del Oviedo.
Algunos compañeros de desgracia «graderil» accedían a la «tribunina» caminando como quien pisa huevos, medio en broma, medio en serio. No faltaron comentarios sobre si los concejales de más peso de la Corporación habrían hecho bien la prueba de carga. Gonzalo, mientras tanto, miraba de reojo a la barandilla trasera, anclada, ésta sí, en el hormigón, y no dejaba de comentar, de vez en cuando, «papá, esto tiembla un poco, ¿no?».
Empezó el partido y un vecino de localidad dijo en voz alta, «los goles mejor los celebramos por turnos y sin mucho entusiasmo, como si estuviéramos en la semana de la ópera», a lo que otro recordó que la grada no era de la ópera sino del Circo del sol. Yo esperaba que en cualquier momento alguien preguntara por los payasos, pero en eso llegó el gol de Diego Castro y nadie se volvió a acordar de la «tribunina».
Eso sí, cuando salimos, Gonzalo me preguntó muy serio: «¿Seguro que el día del Madrid ya tendremos asientos de verdad como esos señores?», señalando a la mitad afortunada de la «tribunona». «Espero que sea así, porque si no vamos a tener algún concejal sin cabeza». A Julia, claro está, le faltó tiempo para remachar, «¡menuda novedad!».