FRANCISCO GARCÍA
La cuestión era sumar. Sumar tres. Y se consiguió, con mayor holgura de lo que indica el marcador. Aunque el soporte sea una ocasional tribuna supletoria, hay comunión indisoluble entre el equipo y la grada. Difícilmente podrá encontrarse en campos de Primera una afición tan entregada a la causa local como la sportinguista. Contra viento y marea, El Molinón desencadena «mareonas», de variada generación y pelaje. Preciado, que es tipo listo, lo sabe y dirige sus mensajes y sus gestos a retejer los hilos sueltos, que los hay, de ese cordón umbilical. Ayer, al sonar el pitido final, saltó al césped a felicitar a sus jugadores y a recibir, de paso, una ovación desde los medios. Está aún reciente el nudo en la garganta del último partido en casa, el que puso a una ciudad entera en un puño; pero no conviene dejarse cegar por espejismos: la afición alienta, pero no marca goles ni los impide. El equipo, como el club, está en fase de crecimiento. Y hay un puñado de jugadores que van a ayudarlo a crecer. Y se crece aprendiendo a matar los partidos: no es saludable merodear por la línea de fondo del abismo.