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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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AGUSTÍN GUZMÁN SANCHO
Josefa Jovellanos, la monja sor Josefa de San Juan Bautista que había sido priora del convento de Cimadevilla, la mujer que en el mundo frecuentaba los mejores salones de la corte y deslumbraba en las tertulias de Campomanes con el pomposo apodo de «La Esbelta», la que ya viuda de Argandona, el procurador general del Principado en la corte, recorrió inútilmente provincias buscando galenos que salvaran la vida de sus hijos llegando hasta Toledo; la que su hermano Gaspar quería para el mundo, la que dedicó su vida a la regeneración de la mujer, la que cultivó el verso en bable, murió. Murió y sus restos fueron enterrados en el claustro de aquel convento que tanto había contribuido a fundar su familia.
En aquel claustro también reposaban hacía tiempo los restos del presbítero don Fernando Morán Lavandera, abad de Santa Doradía. Gracias a la priora y al abad, el barrio tendrá escuela de niñas y de niños respectivamente, y unas y otros corretearán por el barrio mezclándose con los alumnos del Instituto. Así, correteando, los veía Jovellanos desde su casa: a un lado, los niños de la Escuela de Santa Doradía y del Instituto, los «gasparines» como los llamaba sor Josefa, en la casa del Forno; al otro, las 24 niñas de la Escuela de los Dolores, también llamada Escuela de la Argandona, en aquella casa decente que daba frente a la ventana de su cuarto de la Torre, en la calle de las Cruces (hoy Sebastián Miranda). Y fueron aquellos para él días felices, truncados una madrugada por la inesperada llegada de soldados que habrían de conducirlo a su destierro.
Serán entonces añorados y llorados su barrio, su casa, su huerta, sus prados, el cerro de Santa Catalina. ¡Qué hermosos recuerdos! Por aquel cerro correteó en su niñez, paseó en tardes felices, solo o acompañado de sus hermanos Paula y Gertrudis; de amigos castellanos impresionados por el bullicio del puerto, por la vista de los navíos, por el horizonte del mar; de sus «hijos», los alumnos del Instituto, los «gasparines», en tardes unas de asueto y otras de lección, como aquélla en que, dirigidos por el profesor de cosmografía don Diego Cayón, determinaron por la altura del Sol la latitud de Gijón.
La imagen de sus paseos puede ser la de nuestros paseos hoy. «Graciosa vista», escribirá, «la de las dos playas. Doy la vuelta dos veces por la cima y la falda. Al bajar por sobre la Fontica (como hoy lo hacemos nosotros también) presentaba una muy graciosa perspectiva la playa de San Lorenzo? La rampa y el paredón, coronados de gente (como hoy también los vemos nosotros). El mar, en lo más caído de la marea, descubre un arenal firme y limpísimo (hoy a veces, cuando cede el galipote), por donde cruzan las gentes y carros (coches, diríamos hoy) que vienen a la villa desde Somió».
Cuántas veces en Mallorca no habría de soñar con este paraje, con aquella noche que, según sus propias palabras nunca podía quitarse de la memoria, aquella noche en que «la dudosa y triste luz del cielo; la extensión del mar, descubierta de tiempo en tiempo por medrosos relámpagos que rompían el lejano horizonte; el ruido sordo de las aguas, quebrantadas entre las peñas al pie de la montaña; la soledad, la calma y el silencio de todos los vivientes, hacían la situación sublime y magnífica sobre toda ponderación». «En medio de ella», nos dirá, «interrumpió mis meditaciones el ¿Quién vive? de un centinela apostado en un pórtico de la ermita, el cual, oída la respuesta, echó a cantar en el tono patético del país, y esta única voz, de que yo me alejaba poco a poco, contrastaba maravillosamente con el silencio universal. ¡Hombre!, si quieres ser venturoso contempla la Naturaleza y acércate a ella; en ella está la fuente del escaso placer y felicidad que fueron dados a tu ser. Sí, tú fuiste, cerro de Santa Catalina, en lo más hondo y lo más alto del barrio de Cimadevilla, fuente de placer y felicidad de tu más preclaro hijo.
Y llegó el día de la libertad y volvió a su casa inocente una vez más y fue recibido con el mayor de los entusiasmos por sus vecinos, amigos y paisanos. (Hoy cientos de años después, esa fecha, el 6 de agoto, es para los gijoneses el día de Jovellanos). Pero aquéllos ya no eran tiempos de paz. Al caer de una tarde de primeros de noviembre don Gaspar, encorvada su esbelta figura por los achaques de la edad y de la vida entre los hombres, tocado con su sombrero de tres vientos y alzado el cuello de su casaca ha cruzado calles estrechas y atravesado alguna pequeña plaza del barrio hasta el callejón que baja a la Soledad, y ha girado a la derecha para entrar en la casa solar de los fundadores de la capilla, donde habita uno de sus descendientes, su amigo Pedro Valdés Llanos. Las noticias son malas, desde hace un tiempo se vive con un pie en tierra y otro en la mar; los franceses amenazan con entrar en Asturias; habrá que marchar en cualquier momento; y con todo y esto, el amigo don Petris, que así le llama cariñosamente, el que cuidaba de sus cosas y de su casa en el destierro y le hacía llegar las noticias por carta bajo el seudónimo de Teresina del Rosal, lleva desde la primavera convaleciente. No importa, Jovellanos cuenta con él para su viaje, su suerte estará unida a la suya aunque ésta sea la muerte. Ya está comprometido el capitán Juan de Sertucha para llevarlos en su bergantín «Volante» a Ribadeo. En él cargarán los caudales de la hacienda que administra el amigo enfermo.
Sabido es lo que siguió. A las dos leguas de mar sobrevino un temporal y, tras el malestar provocado por el tremendo oleaje, el frío, la lluvia, el hambre por la falta de provisión, ya que se suponía que el viaje iba a ser cortísimo, apenas de doce horas; el hacinamiento de personas y bultos, la angustia por la incertidumbre de su rumbo, del tiempo que habrían de sobrellevar tal situación; del temor de perder la vida en la mar o ser atrapados por el enemigo en la tierra; la ausencia del día y de la noche, del cielo y de la tierra.
Hasta que por fin el día catorce de navegación «a la boca noche», a pesar del mucho oleaje y bancos de mar, entró el «Volante» en Puerto de Vega. A duras penas se mantuvo el bergantín en el puerto, pues soltándose de los tres bolardos a que estaba amarrado fue a varar sobre unas peñas en el lugar de la fuente de Caborno, de donde no fue posible sacarlo; era una premonición de que aquel viaje de Jovellanos no tendría retorno. En efecto, don Petris llegó enfermo y murió a los pocos días. Jovino no se separó de la cabecera de su cama hasta que, contagiado de su enfermedad, murió de pulmonía dos días después de la muerte del amigo, paisano y convecino del barrio. Jovellanos había dicho que no vería la amistad donde no viera la virtud. Y así su virtud selló con la muerte aquella amistad.
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