FRANCISCO GARCÍA
Desde que tuvieron que infiltrarme por culpa del neuroma de un tal Morton en el pie izquierdo, le tengo pánico al médico. Debería ir al oculista, pero no veo el momento. Tengo apalabrada una revisión del otorrino, pero creo que haré a su llamada oídos sordos. Si me toca visitar al podólogo, pongo pies en polvorosa; y si me da cita el odontólogo, temo que no acierte por dónde hincarme el diente. Le he discutido la factura al analista, pero por fortuna no ha llegado la sangre al río. Me fastidia visitar al psiquiatra, un tipo que diga lo que diga siempre me quita la razón. Sea ir al cardiólogo o al especialista del aparato digestivo, me cuesta hacer de tripas corazón. Sólo acudo a la farmacia cuando no queda más remedio y si tengo que apoyar a una ONG no será a Medicus Mundi. Entienda el lector que estamos de broma, pero ¿para que tomarse la vida en serio si no vamos a salir vivos de ella?