FRANCISCO GARCÍA
Maravillosa la policromía que presenta, remozada, la Iglesiona, la catedral de Gijón, cuya reapertura al culto bien merece presencia de mitra episcopal. El templo ardió en tiempos convulsos. Las placas con los nombres de los represaliados desaparecerán del atrio y buscarán acomodo en el interior del recinto sacro, donde serán menos «molestas». Julián Herrojo, rector de la basílica, anuncia que a las lápidas se les añadirá un texto que hable del perdón y la concordia. A estas alturas, lo mejor es no remover la tierra de los muertos. De los unos y de los otros. Las placas se financiaron antaño mediante suscripción popular. La Iglesiona echa en falta la solidez litúrgica de un órgano: buena ocasión de reclamar una colecta ciudadana a tirios y troyanos, a los de la fe y a los de la cultura para tal fin, pues no hay sonido más rotundo que el que arrancan de un órgano los tañedores de tecla.