FRANCISCO GARCÍA
Alguna mañana de éstas he visto en la plaza de San Miguel a una mujer que pasea, en busca de soles otoñales, a un anciano atrapado en una senilidad aciaga. Algunos enfermos de demencias seniles cierran los ojos a la realidad y escapan volando como vencejos a los jardines de la infancia; al disparo del «gomeru» que logró tumbar un bote de conservas a diez pasos de distancia que eran kilómetros de gloria; al roto del pantalón recién zurcido y a los rasguños tras la trepada furtiva al árbol de los membrillos. Huyen de un mundo que se conjuga en presente para retornar a la primavera de los castaños. Ríen los nietos porque el abuelo reclama de merienda urgente un mendrugo de pan mojado en vino y azúcar, como cuando de zagal hundía a escondidas el ceneque en la tinaja después de encerrar en el redil a las ovejas y a las cabras. El abuelo ya no vive al día: habita un territorio cuya única ley es el alcance de la memoria. Se ha ido para volver con las golondrinas y a la charca donde croan las ranas.