JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
SACERDOTE JUBILADO
La respuesta de Jesús a la polémica tendenciosa que le plantean los fariseos sobre la licitud y del motivo suficiente del divorcio es magistral. La ley de Moisés respondía a una etapa provisional, pero ahora, dice Jesús, corren otros tiempos de plenitud y vuelve a entrar en vigor la intención original del Creador, que quería un matrimonio indisoluble, derogando la tolerancia de la ley antigua. No hay duda de que el matrimonio es la unión más solemne y sagrada de la tierra. Constituye una indisoluble unidad creada por Dios. Es un proyecto común de amor y de entrega mutua. No tenemos derecho a imponer a los demás nuestra propia visión del mundo, pero el matrimonio cristiano se fundamenta en la fidelidad, el cariño, la comprensión del otro.
En toda convivencia hay unas reglas que la favorecen y la consolidan y hay unas situaciones que la atacan y la desvirtúan. Si edificamos el amor sobre la superficialidad, la pasión, la conveniencia o el interés, cuando vienen tiempos difíciles, se deshace. Cuando el matrimonio se fundamenta sobre cimientos sólidos de amor compartido, de respeto, de aceptación del otro, de entrega total, no hay fuerza humana que pueda destruirla.
Hay que aceptar las limitaciones del carácter, de la salud, de la manera de pensar, de los miedos. La unión conyugal se distingue de la simple unión amorosa por su capacidad de superar la crisis. Hay que superar las ilusiones. Por poderoso que sea el amor, no podrá disimular que el otro es diferente, diferente de lo que yo pueda ver, querer, desear, imaginar. Hay que realizar ajustes permanentes, favorecen la madurez psíquica y el crecimiento común.
Hay que arriesgarse a hablar. En muchas parejas, antes que la crisis, llegó el silencio. Hay muchas cosas que no merecen la pena de ser dichas, pero merecen la pena de ser escuchadas. Una palabra verdadera es un acto de confianza. Hay que aceptar las diferencias. Es cierto que el amor tiene una parte de identificación, pero ésta puede ser asfixiante. La auténtica unidad favorece la diferencia.
Finalmente, hay que acoger gozosamente el don de Dios, que cree en nosotros y que santifica nuestro amor. Compañero inseparable, está presente en nuestras alegrías y en nuestras penas, colaborando y contribuyendo en nuestra felicidad y en la de nuestras familias.