FRANCISCO GARCÍA
María, Berta y Covadonga, siervas de los pobres, ángeles custodios de El Natahoyo, abandonan Gijón. Conducen sus pasos «a donde la obediencia nos diga», a Ciudad Real, donde 24 hermandades portan a costal los 34 pasos de una afamada Semana Santa declarada de interés turístico nacional y donde, como en Toledo, celebran el Corpus en la solmenidad de las órdenes militares de Calatrava, Alcántara, Montesa y Santiago. Peregrinan, por tanto, a la Castilla cristiana y recia de hidalguía, a la Castilla hipotecada de los rentistas. Ya no es El Natahoyo aquel barrio humilde en el que en 1923 nació la Fundación Revillagigedo, entregada después a la labor social de los jesuitas. Pero aún hoy, con ser el barrio cada vez más residencial y terciario que proletario, la labor de las siervas de los desfavorecidos ha sido unánime y constante. La sonrisa limpia de las tres monjas de El Natahoyo en su despedida es lengua parlanchina que habla de la alegría de la entrega convencida, desinteresada y permanente.