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La misa tridentina o el túnel del tiempo

n La extemporánea celebración de la eucaristía en latín en la iglesia parroquial de Granda

 
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La misa tridentina o el túnel del tiempo
La misa tridentina o el túnel del tiempo  
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ALBERTO TORGA Y LLAMEDO El domingo 13 de septiembre celebré la misa parroquial en la iglesia de Granda (Gijón) a las once de la mañana y, a continuación, bauticé a un niño y tuve un encuentro con unos novios para preparar la celebración del sacramento del matrimonio, que tuvo lugar en la mencionada iglesia el sábado 26.

Cuando estaba en la sacristía hablando con los novios, llegó un sacerdote relativamente joven, de unos 45 años, desconocido para mí, acompañado de un seglar, con los ornamentos, misal y «sacras» para la misa, que iniciaron hacia las doce y media.

Al terminar mi encuentro con los novios, abandoné la sacristía, pasando por la iglesia de la manera más silenciosa posible, pues la eucaristía estaba ya avanzada. No me detuve, pero, al encontrarme de cara con los asistentes, me entró la curiosidad de contarlos. Además del celebrante y de su ayudante, un seglar adulto revestido de sotana y roquete, había otros seis adultos y cuatro niños.

A los quince días, es decir, el domingo 27, volví a celebrar la misa parroquial en Granda, en la que participan muy activamente los feligreses. Como tenía tiempo, sentí curiosidad por ver cómo se desarrollaba la misa «tridentina» o «forma extraordinaria del rito romano», como titula el folleto que colocan a la entrada con los textos fijos para los asistentes, en el que se indica lo que lee el sacerdote y lo que «lee el monaguillo y los fieles que lo deseen».

De entrada, me sorprendió que el altar de cara al pueblo -en el que había celebrado yo la eucaristía momentos antes- lo hubieran modificado, colocando de cara al público tres «sacras» (cuadritos con las oraciones más importantes que se recitan en sus respectivos lugares) en la izquierda, en el centro y en la derecha, apoyadas en unos candelabros y en una cruz. También estaba colocado a la derecha, según se entra, el misal, sobre un atril.

Con cinco minutos de retraso sobre el horario previsto -doce y media del mediodía- y previo golpe de campanilla, salió de la sacristía el sacerdote portando una casulla rectangular y «manípulo» (pañuelo fosilizado), y llevando el cáliz cubierto, acompañado de un «monaguillo, esta vez sin revestirse. En los bancos había cinco hombres y otras tantas mujeres tocadas con mantilla. En total doce, incluido el celebrante, que, previa genuflexión ante el Santísimo, subió al altar y estuvo colocando el cáliz en el medio y preparando el misal durante unos minutos.

Bajó de nuevo al plano y comenzó la misa en latín, de espaldas a la gente. No todos de los escasos asistentes contestaban. La lectura de la «epístola» la hizo el mismo sacerdote, que, tras el enunciado en latín, leyó el texto en castellano. Lo mismo hizo con el Evangelio, previo traslado del misal con el atril por parte del «monaguillo». En ambos casos la lectura la efectuó de espaldas a las personas a las que iba destinada.

Los textos bíblicos no tenían ninguna relación con los de la misa que yo celebré, correspondiente al domingo vigésimo sexto del tiempo ordinario. Por la referencia que el celebrante hizo en la homilía, se trataba del domingo «decimosexto después de Pentecostés».

Iniciado el credo, abandoné la iglesia, pues había quedado en estar a la una y media del mediodía en Nava. Me hubiera gustado haber participado hasta el final.

Al marcharme, tenía la impresión de haber entrado en el túnel del tiempo, de haber rebobinado mi vida hasta unos días antes del 22 de noviembre de 1963, fecha en la que el concilio Vaticano II aprobó, con los votos de 2.158 de los 2.178 padres conciliares la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, que permitía celebrar la eucaristía en lengua «vernácula» y cara al pueblo, lo que tanta satisfacción nos dio a los que seguíamos con entusiasmo la marcha del concilio.

Lo curioso es que el sacerdote que celebraba la misa «tridentina» leía con cierta soltura y sentido las partes comunes que se recitan en todas las misas. Pero, al llegar a las partes propias, como es la oración «colecta» -que cada día es distinta-, titubeaba y le costaba darle entonación, dando con ello la impresión de que no se había formado en el latín con la intensidad de quienes le hemos dedicado dos horas diarias de estudio durante cinco años y que luego hemos estudiado Filosofía y Teología en esa lengua muerta, que fue la oficial y exclusiva para la liturgia en la Iglesia católica de rito latino hasta el 4 de diciembre de 1963, en que se promulgó la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, aprobada por abrumadora mayoría de los padres conciliares doce días antes.

El hecho de que un presbítero joven se dedique a celebrar la misa en latín todos los domingos para un pequeño grupín de nostálgicos me parece, cuando menos, una incongruencia, dada la gran cantidad de parroquias que quedan privadas de la eucaristía dominical por falta de sacerdotes o, mejor, por mala distribución de los sacerdotes, ya que -como dice mi amigo Bardales- son más de cien los presbíteros diocesanos que, sin haber entrado en la jubilación, carecen de una responsabilidad pastoral directa en una parroquia.

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