FRANCISCO GARCÍA
Nadie da duros a peseta, pero sí hay quien arroja calderilla al suelo para recoger, en un descuido del incauto, billetes a cambio. A ese método delictivo, de reciente eclosión en esta ciudad, se le denomina «la siembra» en el argot policial y florece justo en épocas de barbecho: cuando el jubilado emerge del banco con el sobre repleto para paliar los efectos de la crisis, o con el ánimo de cambiar los ahorros de sucursal, buscando réditos más cuantiosos para capear el temporal de las vacas flacas. Una ciudad como Gijón, donde la elevada tasa de personas de edad y jubilados invierte las pirámides de población, es campo abonado para destripaterrones que se aprovechan de la buena de fe del trigo limpio. La proliferación de este tipo de hurtos conduce a sembrar la duda en el prójimo, a desconfiar de cualquier bracero. Sólo hay que esperar que quien siembra monedas en el adoquín acabe recogiendo calabazas en chirona. Y que le caiga al desaprensivo el peso de la ley como una pedriza.