JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
SACERDOTE JUBILADO
El tema del dinero aparece muchas veces en el evangelio. Hay parábolas, palabras de Jesús, su propio ejemplo de vida, que nos ayudan a situarnos en el justo lugar en relación a los bienes de este mundo. Son muchos los textos y pasajes bíblicos, sobre todo en el Nuevo Testamento, que directa o indirectamente, tratan de la riqueza o la pobreza. Este dato muestra la importancia que estas cuestiones tenían para Jesús y para el cristianismo primitivo.
La visión que, sobre el dinero y la riqueza tienen los evangelios, podría resumirse así: el dinero constituye una continua fuente de preocupación para los seres humanos, impropia de los seguidores de Jesús, cuyo interés fundamental ha de ser que reine la justicia de Dios Padre.
El apego a la riqueza constituye uno de los principales obstáculos para el seguimiento de Jesús y un impedimento para entrar en el Reino de Dios.
Jesús no desautoriza el dinero, no viene a empobrecer al hombre, sino a sustituir una riqueza pasajera por la gran riqueza de Dios. Jesús condena el apego y el afán de convertir las riquezas en un fin en sí mismas.
La verdadera riqueza no es la que se posee, sino la que se da. La vida no depende de acumular muchos bienes. El dinero vuelve a los hombres insensibles o ciegos ante la miseria humana. La ambición del dinero lleva a la avaricia y a la envidia. Es motivo de rupturas familiares. Con dinero se soborna, se pleitea, se extorsiona, se roba, se traiciona y se mata. El dinero es idólatra, se codicia, se atesora y fomenta la ambición y el egoísmo.
Jesús se admira ante la religiosidad y el estricto cumplimiento de la ley de un muchacho. «Una cosa te falta, le dice Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego, ven y sígueme».
El joven se marchó triste. Jesús le pedía demasiado y el Señor le siguió con la mirada, mientras el joven se alejaba. «Se fue triste, porque era muy rico».
El encuentro de Jesús con este joven nos deja un poso de tristeza. ¡Qué pena!, estuvo al borde de encontrar su liberación en el seguimiento de Jesús y prefirió seguir apegado, a sus bienes, esclavo de ellos, obsesionado por ellos. Jesús miró a su alrededor y dijo a los discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!».