FRANCISCO GARCÍA
Llama la atención en Gijón la defensa a ultranza que los habitantes de las parroquias rurales hacen de su suelo, de su territorio, frente a la amenaza del urbanismo fagocitador. Lo cierto es que la tiranía del hormigón impide que los campos huelan ya a miel de brezo. Ya no pasta el ganado en los prados, rumiando el fulgor esmeralda. Desapareció la hierba, y la maleza se extiende y con ella los jabalíes, que recuperan el territorio del que fueron expulsados, y arrasan en venganza las pequeñas fincas, apenas vigiladas. El hombre del medio rural, el paisano, el artista moldeador de paisajes desde tiempos ancestrales, se bate en retirada. Está viejo, lo abandonan las fuerzas y sus hijos reniegan de la aldea: no quieren vivir esclavizados por un medio que les resulta hostil por incómodo. Lo rural se urbaniza, los pueblos se despueblan; las mujeres se van y con ellas los niños que no nacen. Queda un espacio inerte, colonizado por urbanitas de fin de semana, y sin escudo que ponga freno a la piqueta.