TERESA BARREIRO FERNÁNDEZ
POR CUCA ALONSO
Periodista publicitaria y decoradora
Conecté con Teresa Barreiro de una forma muy curiosa. Uno de mis hijos dijo haber visto en un escaparate, ya de noche, un grabado precioso, «mañana, por favor, pregunta por él», me pidió. Lo hice. El motivo era una clara alusión al Sporting en estructura abstracta, con una leyenda en rojo rematada por un enternecedor «for ever». Sporting, for ever; la prueba de autor la firmaba Juan Arbués. (Por cierto, creo que el original de dicho trabajo debería formar parte de la pinacoteca del Sporting). Al entrar en el establecimiento, La Orangerie, situado en la calle Ruiz Gómez, quedé sorprendida por el entorno. El buen gusto y la originalidad se daban la mano en un ambiente de refinado vanguardismo. Y descubrí a Teresa Barreiro detrás de todo ello.
Una mujer que bajo su apariencia sencilla, su actitud cercana y extremadamente cordial, esconde una auténtica luchadora. Su vida está delimitada por el riesgo, el afán empresarial, y la continua búsqueda de un equilibrio estético, aunado por belleza y comodidad, que se adapte a las posibilidades de cada cliente.
Teresa Barreiro nació en Madrid, marzo de 1960, mayor de dos hermanos, en una familia netamente asturiana, «mi madre es de Besullo y mi padre de una aldea próxima a Cangas de Narcea, aunque ambos de conocieron en Madrid, cuando trabajaban en el mítico restaurante Casa Mingo, de la calle Echegaray». A Teresa no le duelen prendas al manifestar la lucha de sus progenitores por salir adelante a partir de los trabajos más humildes. Tras hacer el Bachillerato en el Colegio de las Madres Franciscanas, Teresa ingresó en la Escuela de Periodismo. En su memoria quedaron grabados los veranos en Asturias, «en plena naturaleza; eran la felicidad».
-¿Cómo fueron sus primeros pasos profesionales?
-A los 18 años había empezado a trabajar en las oficinas de una asociación de ganaderos, cuyo sueldo me sirvió para costearme los estudios en la Universidad. Estaba en plena carrera cuando esta empresa necesitó editar una revista divulgativa, y me designaron responsable. Tuve que ocuparme de la maquetación, las fotos, la publicidad, los reportajes, todo... La revista prosperó, era bimensual, titulada «Frisona española», y aún existe con éxito. Yo la dirigí durante 10 años, pero paralelamente me había encargado de las campañas publicitarias de algunos clientes, de manera que poco a poco me había hecho experta en diseño publicitario. En ese ambiente conocí a un gijonés, nos casamos y vine con él a Gijón.
-¿Qué hizo con su trabajo?
-Al principio intenté buscar un sitio en el periodismo, e hice algunas cosas en el diario «La Prensa», pero de acuerdo con las condiciones esa tarea no me interesó. Además conservaba algunos clientes del círculo publicitario y decidí montar mi propia empresa.
-De momento estamos ajenos al mundo de la decoración...
-Pero desde muy joven me había apasionado ese tema y aunque no me formé profesionalmente, fui avanzando en él de una forma autodidacta. Observaba mucho, leía... Comencé a prestar ayuda a las personas de mi entorno. Pero hubo un momento de inflexión a partir de mi divorcio, a los cuatro años de casada. Me vi con una hija sin saber qué hacer. Si regresar a Madrid donde lo tenía todo, mis padres, mi hermano, amigos, relaciones... O quedarme aquí. Yo estaba a gusto en Gijón y sentía pena al dejarlo; la ciudad me había enganchado, el trabajo también me sujetaba... Al final decidí no renunciar a la calidad de vida que ofrece Gijón, y me quedé.
-Una decisión valiente...
-Responsable respecto a hija, que no iba a perder la relación con su familia paterna. Seguí con mi trabajo publicitario y poco después tuve la suerte de conocer a Maxi Suárez Calleja; en él encontré la complicidad y el apoyo necesario para construir una nueva vida. Juntos creamos una empresa que en cierto momento decidió comprar un hotel rural en Perulles, cerca de Arriondas, Hotel Aultre Naray, incluido en el Club de Calidad. Tuvimos que redecorarlo y el resultado fue un éxito; apareció en muchas revistas de decoración y empezamos a recibir solicitudes para realizar otros proyectos de interiorismo.
-¿Continúan hoy con el hotel?
-No, lo gestionamos durante tres años, pero el trabajo era ímprobo; siempre que se pretenda mantener los máximos niveles de calidad, la dedicación ha de ser completa. Tanto la clientela como la rentabilidad eran estupendas, pero vivíamos en Gijón... De otro modo nuestro estudio estaba lleno de trabajo, proyectos para redecorar casas rurales, chalés... Una actividad que habíamos iniciado por gusto comenzó a adquirir dimensiones empresariales. Íbamos a ferias, teníamos nuestros proveedores... El resultado de esta nueva labor fue poner en marcha Casa Nómad, un club de villas exclusivas, para su alquiler, en los alrededores de Villaviciosa. Compramos cuatro casas que una vez rehabilitadas y decoradas quedaron preciosas; pueden verse en nuestra página web, casanomad.com. Ahora nuestra empresa las ha vendido, pero seguimos gestionándolas para sus propietarios, ya que conservamos la marca.
-¿Cuándo deciden ustedes poner la tienda?
-El año pasado, pese a los malos augurios. Advertimos que los clientes deseaban ver nuestros productos, y La Orangerie es una ventana de comunicación. No era el momento más idóneo, pero nos forzaron las circunstancias.
-¿Por qué un nombre francés, La Orangerie?
-En los jardines del Renacimiento italiano eran frecuentes unas arcadas bajo las que se cultivaban naranjos. La orangerie del palacio del Louvre fue imitada largamente hasta el desarrollo de los invernaderos modernos. Una orangerie era un signo de distinción de las residencias aristocráticas durante los siglos XVII y XVIII.
-Al margen del nombre, he visto muchas piezas orientales en su interior...
-Sí, los muebles orientales siempre han formado parte de nuestras corrientes decorativas. En el momento que desarrollamos nuestra propuesta de estilo, ese eclecticismo entre el mueble de tendencia y las antigüedades nos pareció muy interesante. Se puede establecer un diálogo muy atractivo con los referentes del mundo clásico y la modernidad. Esto puede conseguirse mediante pincelas de civilizaciones milenarias; piezas chinas, indias, tailandesas, africanas... Sin perder nunca de vista el denominador común, que la relación entre calidad, belleza y precio sea excelente.
-Pero la sofisticación, en cualquier área, siempre es cara...
-Mucha gente se sorprendería al ver las posibilidades que se pueden barajar, todas a precios muy ajustados. A veces basta una actuación muy sencilla para renovar por completo un ambiente, dotándolo de confort, belleza y armonía. Y nosotros no cobramos nada por un trabajo de asesoramiento.
-¿Qué oferta abarca su empresa, es decir, se limita a decorar?
-No, nos adaptamos a las necesidades del cliente. Si es necesaria una reforma integral la gestionamos, desde el proyecto a las obras mayores, para rematarla con el interiorismo. En la mayoría de los casos nuestro trabajo consiste en el asesoramiento para la renovación de espacios; actualizar un salón, un dormitorio, un cuarto infantil...
-¿En general, cree que Gijón tiene buen gusto?
-Yo diría que cada vez hay más gente que busca rodearse de un ambiente bello, aunque la ciudad conserva un alma clásica. Pero poco a poco van apareciendo personas inquietas; tratan de salir de lo convencional para inclinarse por las tendencias. A veces me sorprende el buen gusto de algunos clientes, con los que acabo por establecer una empatía que desemboca en un proyecto perfecto.
-¿Han creado un espacio para el arte en su establecimiento?
-Es un área que nos gustaría potenciar. Actualmente tenemos obra de varios autores jóvenes, casi toda gráfica, y algo de óleo. Juan Arbués es uno de ellos; aunque durante un tiempo vivió en Ibiza es gijonés.
-¿Qué hace usted en las horas de ajenas al negocio?
-Soy una lectora y escritora compulsiva. Me gusta el cine en versión original, el jazz y la música barroca; la arquitectura y el arte, la gastronomía y los viajes. Siempre he preferido una velada en casa a ir de copas por ahí. Como buena anfitriona me encanta cocinar para otros y recrearme en los pequeños detalles, aunque nunca me acercaré a los niveles de excelencia de mi madre, la mejor cocinera del mundo sin estrella Michelin. Mi paraíso es Menorca y mi asignatura pendiente publicar mi obra poética de los últimos treinta años.
«Durante diez años dirigí "Frisona española". Conocí a un gijonés, nos casamos y me vine a Gijón»
«Como buena anfitriona, me encanta cocinar para otros y recrearme en los pequeños detalles»