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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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F. G.
Ocurrió hace justo un año. Pasaban pocos minutos de las seis de la madrugada del domingo 12 de octubre de 2008 en los Jardines de la Reina, donde se gestó la tragedia. Eran jóvenes y habían salido, como tantos otros, de fiesta. En el fragor festivo, los amigos de Christian Díaz se tropezaron con los de Wilson P. T, un joven dominicano. Nadie sabe por qué se inició una discusión entre ambas pandillas. Uno de los amigos de Wilson propinó un puñetazo en la boca a un amigo de Christian, cuando vio que se disponía a realizar una llamada de teléfono. Y sin saber por qué, Wilson P. T. apuñaló a Christian Díaz, que murió desangrado. Nada pudieron hacer por rescatar su vida los efectivos de emergencias que tras ser avisados se desplazaron a los Jardines de la Reina. El acusado del apuñalamiento declaró haber actuado bajo los efectos de las drogas y el alcohol.
Christian Rogelio Díaz Tomassiello, de 24 años, argentino de nacimiento y residente en el barrio de La Arena, caminaba con un amigo que celebraba su cumpleaños y al que había conocido trabajando como repartidor de pizzas. Christian y su amigo, junto a otros chavales de su edad, iban a divertirse por la zona del puerto deportivo cuando se cruzaron con tres pandilleros del grupo de «Los Verjas». «Empezaron a meterse con nosotros», declaró el amigo de Christian, que intentó llamar por el móvil a una pareja de conocidos que caminaba metros más atrás. Entonces recibió un fuerte puñetazo.
Fue el detonante que provocó la reacción de Christian, que reprochó la agresión. Como respuesta, recibió un navajazo, presuntamente a manos del dominicano Wilson P. T. El arma le había alcanzado cerca del corazón y el joven se desplomó, herido de muerte. Los pandilleros huyeron a la carrera. «Se me murió en las manos», aseguró al día siguiente en el tanatorio, compungido, desolado, el compañero de Chistian. Cuando llegaron los equipos de emergencia sólo pudieron certificar la muerte. Nada más se podía hacer. En el barrio de La Arena le recuerdan como un chico tranquilo que compraba todos los días el «Marca», muy aficionado al fútbol, como buen argentino. «Hablaba poco y era muy educado», dicen los que recuerdan a aquel chico al que arrancaron la vida hace ahora un año.
El fatal desenlace reabrió en Gijón un amplio debate ciudadano sobre la seguridad y el cumplimiento de la normativa de horarios de cierre en los locales de copas de la ciudad. Colectivos vecinales de la zona centro de la ciudad y entidades sociales levantaron la voz para reclamar más vigilancia y mayor interés del poder municipal para poner freno a las «frecuentes broncas y molestias a los vecinos que provocan los grupos de jóvenes, animados por el alcohol», en palabras de un portavoz vecinal.
La muerte de Christian sirvió para que la Junta Local de Seguridad tomara la determinación de ampliar la vigilancia policial en las zonas de ocio nocturno y en los lugares habituales de reunión de las pandillas juveniles. Desde entonces, los cuerpos de seguridad patrullan juntos y realizan labores de vigilancia en los puntos más «calientes» de la «movida» nocturna gijonesa. Pero esa decisión de las autoridades no supone un consuelo para la familia de Chistian, que doce meses después continúa llorando su muerte.
Hoy hace un año que nuestro hijo y hermano Christian nos fue arrebatado. Resulta ciertamente difícil explicar con palabras los sentimientos de frustración, impotencia y desconcierto que tan incomprensible e injusta pérdida genera en nuestras personas, máxime cuando el curso de las investigaciones nos ha señalado la fría evidencia de la gratuidad de este crimen. ¿Cómo explicar tan cruda realidad a tanta gente que lo amaba? ¿Cómo transmitir a los más pequeños que la insensatez humana, la pura, dura y mera maldad nos acecha a la vuelta de la esquina para desposeernos de nuestro bien más preciado? ¿Cómo, en definitiva, expresar el dolor de unas víctimas que solamente pueden ya aspirar a que la justicia se conduzca con mano firme frente a los culpables de esta tragedia?
Desde nuestro sufrimiento y permanente desconcierto, únicamente acertamos en este aniversario a invitar a todas las personas que conocieron a nuestro Christian y que han compartido y comparten nuestro dolor, a todos los que nos han hecho llegar sus sinceras muestras de solidaridad y aliento, a recordarlo como fue, a mantenerlo vivo en su recuerdo, a evitar que su muerte se convierta en un dato estadístico, en una excusa para la agitación social y hasta racial o en una incómoda molestia para las autoridades municipales, preocupadas por transmitir una inexistente convivencia pacífica nocturna en la ciudad de Gijón.
Uno de los rasgos que presidían el carácter de nuestro hijo y hermano era su generosidad, su empatía para con el sufrimiento y necesidades del prójimo y, muy en especial, de su familia, a cuyos miembros, y pese a su corta edad, siempre trató de proteger. Siendo fiel a sus ideas, ha costeado con el fruto de su esfuerzo en vida los gastos derivados de esta desgracia que no ha merecido la más mínima atención -ni tan siquiera la mención- de nuestros responsables públicos (resulta más que evidente que parece haber varias clases de víctimas).
Pero Chris, quien ya no podrá cumplir sus sueños ni aspiraciones, era una persona vitalista que se esforzaba en extraer la parte positiva de toda experiencia, incluso de las más trágicas. Es por ello que el mejor homenaje que podemos tributarle es el de exigir, desde éstas muy modestas líneas, que quienes ostentan la responsabilidad de dictar y hacer cumplir las normas que rigen nuestra convivencia se esfuercen en la adopción de las medidas necesarias para que se haga efectivo el derecho de las personas a crecer, a desarrollarse y a disfrutar de su tiempo en este mundo sin que por ello deban pagarlo con su vida. Si no ponemos en ello todo nuestro empeño, dejaremos que venza una vez más la injusticia y le haríamos un flaco favor a la memoria de nuestro querido Christian, a quien estaríamos perdiendo de nuevo cada vez que ésta triunfe.
Nos queda reiterar nuestro sentido agradecimiento a todos los particulares que nos han apoyado y manifestar nuestra confianza en las instituciones jurídicas para que se haga justicia y no predomine la inmoralidad que supone hacer más llevadero el dudoso malestar de quienes han ejecutado (ésa es la palabra) a nuestro hijo y hermano que el calvario que hemos de pasar aquellos a quienes nos fue arrebatado.
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