JOSÉ A. SAMANIEGO
La exposición del Museo Evaristo Valle recuerda la amistad y relaciones de Evaristo Valle con Rubio Camín y Antonio Suárez, diálogo afectivo y provechoso entre el maestro veterano y las jóvenes promesas. Se muestran apuntes para el retrato inacabado de Camín y las entrañables imágenes de los retratos mortuorios.
Pero el grueso de la cosa trata del Camín escultor abstracto en relación con Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Amador y Néstor Basterretxea, «todos ellos destacados representantes de la renovación de la escultura del siglo XX», dice el texto de uno de los folletos de propaganda. Y digo yo que unos son más destacados que otros y que términos como «afinidades o inquietudes creativas» son demasiado vagos, en exceso genéricos y nebulosos, de modo que dificultan la comprensión y valoración de todos ellos.
Hay que empezar por Jorge Oteiza y meditar sus textos fundamentales, como el «Informe sobre mi escultura» (1947), el «Informe sobre la escultura contemporánea» (1951), la lección sobre «el vacío vertical del escultor español -Alberto Sánchez- frente al vacío horizontal del escultor inglés Moore» (Palacio de la Magdalena, Universidad de Verano, Santander, 1951), el «Propósito experimental» -catálogo de la IV Bienal de São Paulo, 1957-, la «Ley de los cambios» (1958), etc. Asimilados los textos y sus aplicaciones en Jorge Oteiza, podemos empezar a hablar de Amador y Camín, de cuáles son sus aportaciones originales y sus deudas. Y no estamos mal equipados para ello. Camín está aquí casi entero. Jorge Oteiza fue premio «Príncipe de Asturias» en 1988 y tiene en Oviedo una de las personas que mejor conocen su obra, que es Soledad Álvarez Martínez. Por otro lado, las grandes exposiciones sobre Amador se hicieron en Gijón, con trabajos importantes como los de Francisco Zapico en 1991 (Museo Barjola) y 2001 (Antiguo Instituto). Resulta además que el director del Museo Evaristo Valle es Guillermo Basagoiti, cuyas intensas relaciones con los artistas vascos son conocidas. Sin un trabajo como el que se propone, la fama de Amador y Camín no pasará la barrera del Pajares.
De Jorge Oteiza tenemos pequeñas obras que han prestado Basterretxea y los herederos de Amador y Camín. Son pequeñas, pero muy interesantes, como una cabeza de apóstol de Aranzazu (1953), el boceto para el Santo Domingo del convento de las Arcas Reales de Valladolid (1954), una «caja abierta» de 1957 y una macla de 1973. Otra, el «Par móvil» (1956) está dedicado efusivamente a Camín, con quien firmó un proyecto de fuente no realizado. (El «Par móvil» -dos medios círculos soldados en ángulo recto- tiene variantes y larga historia, escultórica y política). Jorge Oteiza quería mucho a los dos asturianos, con quienes se veía en el taller de los Nuevos Ministerios. Decía que los asturianos eran por su historia políticamente independientes? Con Basterretxea la colaboración en vida y proyectos comunes fue todavía más intensa, como es sabido.
Todos ellos, Camín incluido, pero especialmente Chillida, trabajaron estampas geométricas contrastadas de color, de las que Basterretxea sacó gran partido en su Guernica de 1987. Jorge Oteiza fundó en 1972 su célebre «laboratorio de tizas» y Camín fabricaba en cartulina modelos de esculturas a pequeña escala. Lo más original de Amador son para mí los cubos de mármol excavados more geométrico, las obras en que aplica los cuatro primeros números naturales (el tetratkys pitagórico) y los cubos abiertos en superficie, dos de ellos (1968 y 1970) en los jardines del Museo Evaristo Valle. Y lo más original de Rubio Camín, además de la primera pintura, el trabajo con los angulares, los troncos tallados a motosierra y los paisajes a modo de collages de los últimos tiempos. (Verlos en Cornión).
Quien conozca un poco la personalidad mítica y filosófica de Jorge Oteiza, que es el padre de todos ellos, comprenderá que apartar o despreciar la obra religiosa de Rubio Camín, sea pintura, escultura abstracta o escultura figurativa, es un grave error metodológico.