ALFONSO PELÁEZ
Médico y escritor, presenta el libro «Droguería asturiana»
M. IGLESIAS
Entre las estanterías de la Droguería Asturiana no sólo se encuentran productos químicos especializados, también «compañía y buena conversación». Hace 75 años que el establecimiento abrió sus puertas a todos los gijoneses, y aún continúa muy vivo en la calle La Merced. Con motivo de este aniversario, el escritor, colaborador de LA NUEVA ESPAÑA y nieto del fundador del mítico comercio, Alfonso Peláez Canal, ha escrito un libro-homenaje, que lleva por título «Droguería asturiana». El texto será presentado en el salón de recepciones del Consistorio, este jueves a las 20.00 horas, por la alcaldesa de la ciudad, Paz Fernández Felgueroso, y el abogado Francisco Prendes Quirós.
-Ha escrito un anecdotario de 120 páginas. ¿Las historias detrás del mostrador de una droguería no tienen nada que envidiar a las de la barra de un bar?
-Son anécdotas e historias de Gijón, de las gentes que han ido pasando por la droguería. En el libro se recogen nombres de muchas familias conocidas en la ciudad, pero también de personas anónimas que han dado muy buenos momentos al local. Parto de los 75 años, como «excusa» para dar vida a todas esas historias reales, que se vivieron desde que mi abuelo, Manuel Peláez, fundó la Droguería Asturiana en 1934.
-El paisaje de los pequeños establecimientos asturianos casi ha desaparecido por completo.
-Las grandes superficies han ido comiendo espacio a los pequeños establecimientos, pero la droguería no es un lugar en el que uno coge su cestita y se va de estantería en estantería. No, es mucho más que eso. La droguería es otra cosa, quedan pocas, pero bien escogidas. Hay droguerías de renombre y calidad en Oviedo, Avilés o Sama de Langreo.
-¿Qué es esa otra cosa que la hace especial ?
-Tiene un mostrador. Y un mostrador significa contacto diario y permanente con el público. También hay productos especializados y mucha gente no tiene más remedio que acudir allí si quieren conseguir algo, y con asesoramiento.
-¿A qué tipo de público ha atendido?
-Setenta y cinco años dan para mucho. Por el local han pasado desde obreros con el mono, gente de talleres y fábricas, hasta señores con chóferes para recoger la mercancía. Hoy en día, afortunadamente, sigue siendo lo mismo y teniendo la misma vitalidad. Por allí ha pasado gente muy conocida.
-¿Qué anécdotas recuerda con más cariño?
-Hay, sobre todo, muchos equívocos. En una ocasión vino un abuelo diciendo que quería agua fuerte para su nieto. Cuando se la dimos, dijo: «Envuélvalo para regalo». «¿Cómo para regalo», le respondimos. En realidad era que el hombre estaba buscando la colonia «Agua brava». Otra vez llegó una chica pidiéndonos cola para pegar latón, le ofrecimos un tipo de cola muy buena y entonces dijo que quería todas las del local, sorprendidos le preguntamos que para qué y dijo que en su casa había muchos latones.
-Resuma lo qué ha significado para usted la droguería.
-Cada persona que pasó, dejó su impronta con sus cosinas. La droguería siempre fue, desde que yo era chaval, un mentidero para hablar del Sporting. Una especie de rebotica, en la que se gestaban las cenas de antiguos alumnos, un lugar de encuentro para muchos.
«Un mostrador siempre significa el contacto permanente y diario con el público»