FRANCISCO GARCÍA
Asiste la razón a quienes aseguran, con el libro de historia en la mano, que El Musel ya era puerto de refugio en 1865. Ciertamente, el reglamento de la ley de Puertos de 1852 establecía la necesidad de una instalación portuaria de refugio en la cornisa cantábrica y el ingeniero Salustio González-Regueral Blanco propuso la costa asturiana; en concreto, la ensenada de El Musel. Y así se hizo, con todas las bendiciones de la época. Ocurre que los tiempos han cambiado y si entonces el puerto daba abrigo a buques de vela durante los temporales, en la actualidad hablamos del tráfico frecuente de quimiqueros y de grandes petroleros. Luego no es lo mismo. Y no es lo mismo desde el hundimiento del «Erika» en el golfo de Vizcaya en 1999 ni, mucho menos -por cercanía-, tras la catástrofe del «Prestige», casos que dieron pie a una férrea normativa comunitaria sobre seguridad marítima. En el siglo XXI, amigo mío, pasan cosas que no ocurrían hace doscientos años.