FRANCISCO GARCÍA
La vida, como la mar, deja en la boca a veces el amargor de la sal, y en el alma dolorida el desconsuelo del naufragio. La nave que siempre ha de partir se llevó el jueves a Olvido Canal a otros remansos, a otro puerto de nadie conocido y que se nos anuncia de aguas limpias. La muerte aguardó a que Alfonso, su hijo, Alfonso Peláez, médico taurófilo, erudito de lo gijonés y sportinguista, hábil comerciante, presentara el libro que con tanto esmero ha ido redactando, pleno de anécdotas, vivencias y sucedidos, desde el mostrador de uno de los establecimientos más añejos de la ciudad, Droguería Asturiana, punto de encuentro, parada y casi fonda. Alfonso recibió ese triste jueves un baño de cariño de cientos de amigos que, sólo unas horas después, le entregaban en abrazo sus condolencias. Olvido esperó a ver en papel los recuerdos de una saga de varias generaciones de comerciantes, cerró los ojos y descansó en paz. Que la tierra le sea tan leve a ella como el dolor a sus deudos.