J. M. CEINOS
Una incisiva carta remitida hace 41 años al director del diario local «Voluntad», dio al traste con una enorme operación inmobiliaria, que consistía en rellenar las dársenas de Fomento y de Fomentín para convertir gran parte del puerto local «en un moderno ensanche residencial de Gijón con las características y módulos urbanísticos que oportunamente se señalasen».
A la hora del desayuno del 29 de agosto de 1968, el periodista gijonés Juan Ramón Pérez Las Clotas tenía su automóvil aparcado debajo de su casa y las maletas preparadas. Había terminado las vacaciones agosteñas y en pocos minutos salía de viaje hacia Lisboa, donde era corresponsal de la agencia Pyresa y del diario «Arriba». Como todas las mañanas en Gijón, el periodista se desayunaba leyendo «Voluntad».
Pero aquel 29 de agosto de hace 41 años fue distinto: «Leí un reportaje de Liomi en el que contaba, en exclusiva, un gran proyecto para rellenar las dársenas de Fomento y levantar allí otra ciudad; monté en cólera», recuerda ahora Pérez Las Clotas. Como tenía su máquina de escribir en Lisboa, «subí a casa de mi hermano y con su máquina escribí una carta contra el proyecto», rememora el decano de los periodistas asturianos. Luego, se fue hasta la redacción de «Voluntad», situada en el viejo edificio que acogió al diario «El Noroeste», en la calle del Marqués de San Esteban, «y entregué la carta al portero» antes de emprender viaje hacia la capital de Portugal.
«Tres o cuatro días después me llamó mi padre y me contó que la carta había levantado una polémica tremenda en Gijón», cuenta Juan Ramón Pérez Las Clotas, que aún tiene la satisfacción de ser el «responsable» de que no se llevara a cabo un proyecto que hubiera significado la eliminación del puerto local y cuya «ejecución comportaría un empeño antinatural y monstruoso: la ejecución de una ciudad dentro de otra, ya acogotada por su deficiente estructura», como escribió en su carta del 29 de agosto de 1968 Pérez Las Clotas, que se reproduce íntegra al pie de esta página.
Otros gijoneses siguieron la estela de la carta al director de «Voluntad» y el Ayuntamiento, que había dado el visto bueno al proyecto urbanístico, lo remitió al baúl de los recuerdos. No obstante, en 1974 se volvió a hablar de rellenar las dársenas del puerto local para construir un inmenso aparcamiento para unos 50.000 vehículos.
La noticia, incluso, fue publicada en el diario barcelonés «La Vanguardia Española» el 3 de agosto de 1974, aunque el redactor de la misma terminaba escribiendo: «Si este proyecto de relleno de los muelles locales llegara a producirse, Gijón sólo contaría en el futuro con el puerto exterior de El Musel, que dista más de cinco kilómetros del centro de la villa, lo que privaría a ésta de buena parte de su actual colorido marinero». Como se sabe, aún con otros posteriores intentos de construir en la dársena de Fomentín un centro comercial, el puerto local se salvó y en los años ochenta del siglo pasado comenzó su transformación para convertirlo en el puerto deportivo actual, uno de los mejores del Cantábrico y de toda la costa española.
Pero en 1968 los planes eran otros. La Sociedad de Fomento de Gijón, entonces propietaria «de los terrenos ganados al mar y de los muelles locales conocidos con los nombres de dársenas de Fomento y de Fomentín, en virtud de concesiones a perpetuidad otorgadas en 1872 y 1875», presentó en el Registro del Ayuntamiento una solicitud para el relleno de las dársenas.
En su escrito, la Sociedad de Fomento señalaba que «la explotación de las expresadas dársenas, en la actualidad ha perdido virtualmente su vigencia -al igual que las demás dársenas de los muelles locales- por la construcción y explotación del puerto del Musel y por el gran porte de los buques actualmente utilizados en el transporte marítimo, que requieren calados inexistentes en ellas».
Por ello, la mejor solución que podría darse al puerto local era, para los dueños de la Sociedad de Fomento, «promocionar un gran proyecto de transformación de dichas dársenas, mediante los oportunos rellenos, en terrenos aptos para la edificación, convirtiendo su total superficie en un moderno ensanche residencial de Gijón». Todo ello, como termina la solicitud fechada el 22 de junio de 1968, «en defensa y promoción de los intereses generales que tan acertadamente representa el Ayuntamiento».
El arquitecto municipal, la Comisión de Policía Urbana y de Tráfico y hasta la Comisión Municipal Permanente dieron por bueno el proyecto de la Sociedad de Fomento, a la espera de que se pronunciará la Corporación en un Pleno señalado para el 30 de agosto de 1968.
La exclusiva de Liomi en «Voluntad» del día antes «levantó la liebre» en la ciudad, que, hasta entonces, no conocía, salvo en círculos muy reducidos, la gran operación urbanística que se estaba pergeñando. La polémica, con la carta al director de «Voluntad», estaba servida, y terminó por apagar, lentamente, los últimos rescoldos del proyecto urbanístico.
La Autoridad Portuaria de La Coruña tiene previsto financiar una parte del puerto que se está construyendo en Punta Langosteira con el relleno y venta de las actuales dársenas de la ciudad gallega, pero, a veces, una «inútil protesta» publicada en un diario o una frase grabada al Ministro de Fomento en una comparecencia en el Congreso de los Diputados valen más que un Potosí.
Sr. Director D. Federico Miraz, director de «Voluntad».
Mi querido amigo y compañero:
Con verdadera estupefacción acabo de leer el reportaje de Liomi en el que se anuncia a los gijoneses la posibilidad de la conversión del actual muelle del Fomentín, «de propiedad privada», en un complejo urbanístico del que lo mejor que hoy puede decirse es que lo ignoramos todo.
Sin necesidad de invocar ningún inoperante sentimiento nostálgico, ni hacer referencia al tremendo atentado estético que, inevitablemente, significaría, es obvio, ya en principio, que su ejecución comportaría un empeño antinatural y monstruoso: la ejecución de una ciudad dentro de otra, ya acogotada por su deficiente estructura.
Desde hace sesenta años venimos doliéndonos los gijoneses de la miopía de quienes, robando muchos metros al mar y a las arenas, levantaron el actual Muro de la playa. Increíblemente, y al cabo del tiempo, la historia vuelve a repetirse.
No soy tan ingenuo como para sospechar que, por muchas voces en contra que se levanten, deje de realizarse este proyecto «tan fantástico como posible». Pero sí lo bastante como para, sabiéndolo, dejar constancia de mi inútil protesta.
J. R. Pérez Las Clotas