Ángel CABRANES
El estado actual del manantial de Llantones poco tiene que ver con el de sus años dorados. La conocida popularmente como la «Fuentona» sobrevive ahora entre la maleza y pasa desapercibida para aquellos que ignoran la inmensa historia que sus paredes ocultan. Por eso, sus vecinos pretenden recuperar para uso turístico un enclave que en su día fue un punto vital desde el que se dio de beber a millares de gijoneses.
Elías García Blanco ha sido testigo de la última gran época de la «Fuentona». A sus 87 años, más de 36 los pasó a cargo de su cuidado. La fuente está ubicada en la que fuera la finca familiar de sus antepasados y que en los años cincuenta se vio obligado a vender por un problema de salud. Tras su venta continuó como responsable de su conservación hasta la jubilación, cuando la Empresa Municipal de Aguas (EMA) tomó el testigo. Los más veteranos de Llantones todavía recuerdan ver pasar al «fíu de Pepe el Quintu» -como llaman a Elías- en su motocicleta Montesa para limpiar la «Fuentona».
«Mi padre se jubiló cuando yo tenía 28 años y fue entonces cuando me hice cargo de la "Fuentona". Él me contó que cuando apareció el manantial las autoridades quisieron comprarlo y mi tatarabuelo se negó. Al final llegaron a un acuerdo para que cediéramos su explotación y a cambio recibimos un pequeño sueldo y la responsabilidad de su mantenimiento», explica Elías García Blanco.
Una tarea que en su época le mantuvo ocupado a diario. «Antes no había depuradoras y limpiábamos las impurezas del agua con una especie de cloro, que era como una lejía muy fuerte. Primero venía en unas botellas de vidrio de 90 litros, y más tarde se modernizó en unas bombonas, como las de gas, que permitían dosificarlo mejor. De esta forma iba goteando en un "barrilote" de Uralita por la que circulaba el agua que manaba del manantial», recuerda el protagonista.
No eran estas las únicas tareas de Elías García Blanco. Incluso se empleó como improvisado guía turístico. Era raro que en una tarde de verano no viniera alguien a preguntar por la «Fuentona». Alumbrado por una lámpara de gas o un carburo, les mostraba el canal, que tiene de 1,10 metros de ancho y de 250 metros de largo. «Luego se quedaban a merendar en una mesa que había justo a la entrada, donde estaba el lavadero. Allí aprovechaban para sacarse fotos con la escultura del pez y me daban una propinina. Ahora está todo semisepultado por la maleza».