FRANCISCO GARCÍA
Ocurrió que hace ciento sesenta millones de años, ahí es nada, el asteroide Baptistine se estrelló con otro pedruscazo sideral y un enorme trozo de la pedrea cósmica impactó con la Tierra cien millones de años más tarde, provocando el cataclismo que firmó el acta de defunción de los dinosaurios. El parque jurásico quedó envuelto en una polvareda que oscureció el Cretácico y le borró la sonrisa de cuchillo afilado al Tiranosaurius Rex. Y al resto de bicharracos de la época los dejó en los huesos, tal como podemos observar en el MUJA de Colunga. En una región como la asturiana y en una ciudad como la de Gijón, gobernadas por la gerontocracia, a saber qué cataclismo ha de sobrevenir que logre apartar de la poltrona a los viejos dinosaurios de cualquier especie e ideología. ¿Acabará ingresando esta región en el Guinness de los Récords de la longevidad política tras el consejo de ancianos ateniense, la gerusía espartana, el politburó soviético y los jerarcas comandantes de Cuba?