FRANCISCO GARCÍA
No hay como morirse para que hablen bien de uno. Es más: si a oídos de alguien llega un torrente de halagos e hiperbólicos parabienes acerca de su persona, dese por muerto. Líbrenos Dios del agasajo y la adulación exagerados, no vayan a ser barrunto del certificado de defunción. Basta que uno comience a criar malvas para que el corifeo de plañideras entone las mayores loas y dicten los hagiógrafos de turno los más exaltados panegíricos. Es propio de la condición humana hablar mal del que vive y mitificar a los muertos. Puede que ese deseo de diseccionar post mórtem a las celebridades encaje en la mentalidad voyeurista de nuestra época: cirujanos de la actualidad realizan la autopsia psicológica del personaje, destripan su personalidad poliédrica desde diferentes planos, revisan sus escritos y sus hechos; escrutan sus palabras y sus silencios?. A esta sociedad de la imagen le encanta espiar al prójimo por el ojo de la cerradura. Incluso la quietud hierática de los muertos.