ACISCLO ACEBAL
Si algo define a nuestro hombre, es la sobriedad de su vida. Sobrio el vestir, el paso, el gesto; la palabra justa; abundante y generoso sí, en amistad y lecturas...
Desde que la jubilación, duramente conquistada sobre incomprensiones, libros y olvidos, le ha permitido revivir su existencia en la Gigia, a la villa de su alma se ha entregado por compañero y amante.
Discreto, aunque periodista, no ha querido, sin embargo, dejar revelados al papel los secretos de la amada y de sus gentes. Quiso, señor, respetar, tanto las noches de feliz amor como las agrias madrugadas de la villa.
Algunos lamentamos que haya optado por este estado de agrafía voluntaria, que lo que él no deje contado, ninguno podrá contarlo después...
Y generoso, ha querido repartir su herencia en vida? Y recordando a su padre -gijonés culto y melquiadista ferviente-, en la reunión del teatro Dindurra, donde las fuerzas vivas de la burguesía gijonesa bordaron con tiernas palabras las camisas con que el doctor don Carlos Martínez revistió en la Casa Consistorial a la Segunda República, recién nacida, entregó su biblioteca al vicerrector de la Universidad de Asturias?, que su Gigia de la Sal y los mil museos no encontró lugar donde acogerla y conservarla...
Si yo fuera quién, y pudiera, correspondería a nuestro hombre, dándole el «alegrón» de la Tercera, y colocaría en la casa en que vive una placa recordatoria, «Aquí nació y vivió Nuestro Hombre; fue bueno y honrado; en su pueblo, no fue ni concejal»? Que el título que tiene bien merecido, el de Hijo Leal y Fiel, aún no figura en la Ordenanza de los Honores municipales.