FRANCISCO GARCÍA
Para un ateo, Dios es un desconocido que si usara móvil siempre estaría fuera de cobertura. El agnóstico, por su parte, ha borrado el móvil de Dios de su listín telefónico; y de ser la Divinidad quien en su bondad y paciencia infinita tuviera el propósito de contactar con el descreído, se encontraría siempre con la barrera infranqueable del buzón de voz. Aunque con frecuencia Dios no se ponga al aparato, un creyente siempre puede acudir al desvío de llamadas, pues a Dios se llega por impensables vericuetos. En la consecución de esa línea invisible telefónica tiene mucho que ver la fe, que es la creencia de seguir manteniendo la comunicación por mucho que el terminal marcado no se encuentre operativo. La fe asemeja a una antena de telefonía en cuanto que resulta el trazado más corto para salvar distancias insalvables. Cuando se pierde la fe es como cuando el teléfono se queda sin batería y sin posibilidad de recarga. En el mercado de las creencias existen tantos credos a los que encomendarse como operadoras de telefonía móvil. Ay, bendito.