FRANCISCO GARCÍA
El Ayuntamiento tala 4 hectáreas de monte de eucalipto para plantar especies autóctonas. Es una buena noticia que pasa desapercibida y que merece el recordatorio de una bella historia, la de Elzeard Bouffier, pastor que murió en 1947 y que invirtió media vida en elevar al cielo, con paciencia infinita, un vergel sobre un páramo desértico de una remota región de los Alpes franceses. Durante décadas, Elzeard plantó cien árboles al día, sin un descanso. Primero, robles; después, hayas; luego, abedules. Cuando el pastor ya era anciano, había crecido en aquel desierto un bosque frondoso de decenas de miles de ejemplares. Los árboles son los maestros de la vida, de tal forma que los pueblos comienzan a morir cuando mueren sus árboles. Cuesta una eternidad levantar un bosque, y muy poco reducirlo a cenizas. Deberíamos pedir disculpas al reino forestal por esos crímenes contra la naturaleza, con la misma humildad que los isleños de los mares del Sur piden perdón a sus dioses por los árboles que mutilan, con lágrimas en los ojos, para construir sus canoas.