POR JAVIER MORÁN
Nos preguntamos con angustia: ¿dónde está el código? ¿Dónde el símbolo? Más todavía: ¿Es posible que exista una conspiración terrible en la Villa de Jovellanos? Sólo disponemos de una pista repetitiva: de un papel hecho una bolita que alguien indeterminado nos arroja todas las tardes desde un lugar que no somos capaces de descubrir. La pelotita va siempre dirigida a nuestra mesa, pero suele rebotar. Ayer ya iba en dirección al tazón de chocolate que tomábamos en el Dindurra cuando rebotó contra un churro y cayó inerte en el regazo de mi tía Majandra, la rusa, hija de una niña de la guerra.
Era otro aviso clarísimo. Muy reflexiva, mi tía sentenció: «Vamos a tener que dejar de merendar en este lugar». «Sí, habrá que probar suerte en la cafetería de Valor», repuse. Al alisar la pelotita, vimos la misma frase que en las bolitas de los diez días anteriores: «Quem deus vult perdere, dementat prius» (aquel al que un dios quiere destruir, primero lo enloquece). Ya eran demasiadas señales.
«Ya que habla de dioses, vamos a la Iglesiona, a preguntar», recomendó Majandra. Corremos al templo de la Iglesiona, a buscar claves romanas ocultísimas. No hallamos nada, ni siquiera las placas de los difuntos. «Este templo ya no es lo que era», lamenta mi tía, pese a ser hija de roja.
Nos precipitamos después a la Universidad Laboral, en la Ciudad de la Cultura, donde se resguarda «El Código de Vicente (Álvarez Areces)», es decir, el secreto profundo sobre cómo desplazar a un héroe de la FE de las JONS y colocar en su lugar a un demócrata, en un tiempo demócrata, en un edificio demócrata (pero que nos ha salido carísimo). Entonces, un guía turístico nos susurra al oído que existen atisbos de una conspiración: la de cierto partido político contra uno de su militantes, presidente regional, por montar «chiringuitos» como el de la Girón. «¿Será esto?». «No, es demasiado evidente», sentenció mi tía gracias al olfato adquirido en la estepa rusa. «Lo que tenemos entre manos es mucho más profundo...», agrega, «...es la locura misma. Si viviera el doctor Salas, le podríamos haber preguntado...».
«Vive su hija Margarita, que fue compañera de colegio de la alcaldesa Mapi Felgueroso». «Ahí tiene que haber algo». A mi tía le resplandeció el rostro y justo en ese momento, y tras un repaso de la hemeroteca, todas las piezas comenzaron a encajar. «¿Qué le vuelve loca a la Alcaldesa? La pasión por Gijón, evidentemente», se preguntó y se respondió Majandra. «¿Y qué ha hecho relumbrar a Gijón en las últimas fechas?». «Que vino Tita Cervera, la baronesa, y salió en el "¡Hola!"». «No, no; más, más fulgor». «Que el actor Brad Pitt va a venir a Gijón a conocer el "Elogio del horizonte", y que el superventas Dan Brown pasó un verano en Gijón». «¡Eso es! Todo encaja: hay una conspiración de americanos famosos para hacerle creer a Felgueroso que Gijón es un lugar especial en el planeta». «Claro, Daniel el americanín ya ha escrito sobre el Opus Dei, los Illuminati y la masonería; ¿para cuándo un libro sobre el código de los playos?».
«Nunca lo habrá... y la Alcaldesa enloquecerá de frustración. Ésa es precisamente la conspiración Pitt-Brown». Y mi tía Majandra, la roja, se echó a llorar por ella, ya que «quem deus vult perdere, dementat prius».