FRANCISCO GARCÍA
De ser cierto, como apuntan los filósofos de lo esférico, que el fútbol es cuestión de ánimo, en Gijón se ha declarado el estado de optimismo. Lo mejor que le podía pasar al Sporting era instalarse de inmediato en una dinámica positiva: sin haber hecho nada todavía, ya ha conseguido mucho. Y mucho bueno. De entrada, los rojiblancos han reventado en añicos la ley de Murphy, un tipo que, de ser futbolero, firmaría de secretario técnico por el Atlético de Madrid. Cavilaba Murphy, y con razón, que todo lo susceptible de empeorar empeora. La ley de los negativos dinámicos tenía el pasado año al Sporting como modelo y axioma, club que, sin pretenderlo, reunía todas las perversidades e infortunios en el orden del universo. Esta temporada ocurre lo contrario: los astros confabulan de tal forma en beneficio rojiblanco que los árbitros yerran a su favor y se visten de futbolista, en su ayuda, los largueros y los otros palos. Por fortuna este curso al Sporting no se le cae la tostada por el lado de la mantequilla.