R. GARCÍA
La iglesia de San Pedro ha visto algunos de los mejores momentos -y también el más amargo- de la vida de Arancha Figaredo Díaz. El mismo templo en el que esta gijonesa de 36 años se bautizó, comulgó y se casó, fue el elegido por su familia para celebrar su funeral. Su despedida religiosa, a primera hora de la tarde de ayer, tuvo lugar a escasos metros de la escalera 0 de la bahía gijonesa, el sitio en el que la fiereza del mar le arrebató la vida el pasado martes, cuando la mujer bajaba dispuesta a recoger agua.
«Leyó en una revista que el agua del mar servía para curar la piel y, por eso, iba a por ella una o dos veces por semana». Era el relato apesadumbrado que ayer contaba su viudo, Andrés Pérez, momentos después de recibir las muestras de cariño de buena parte de las gentes del barrio de Cimadevilla, donde vivía el matrimonio con sus dos hijas. Un barrio que despidió entre lágrimas a una «neña» muy entrañable.
Su marido seguía ayer dándole vueltas a la última conversación telefónica que había mantenido con Arancha, desde su lugar de trabajo en el polígono de Silvota: «Fue una conversación breve, porque yo tenía prisa. Me dijo que iba a coger agua para los baños y yo le dije que no bajara por la escalera 0, que había olas muy fuertes. Que se pusiera las chanclas y fuera por la arena». Lamentablemente, su mujer no estaba preocupada por el temporal. «Dijo que le daba pereza quitarse las medias», recuerda entre sollozos Andrés Pérez. Quedaron en verse por la tarde, para hacer las compras y dar un paseo con las niñas, como hacían a menudo, pero la cita de la tarde ya nunca llegó a producirse. Ahora esas niñas, de 7 y 11 años, lloran sin parar la muerte de su madre y preguntan con insistencia a su padre «si pueden ir todas las semanas a ponerle una vela a mamá».
Con el funeral en San Pedro y el posterior entierro en el cementerio de Deva se vivió el último capítulo de una tragedia que el martes conmocionó a Gijón. Arancha Figaredo se cayó al mar empujada por la fuerza de las olas. Dos socios del Club de Regatas, Jaime García-Bernardo y Jorge Rodríguez de Castro, se tiraron al agua para intentar salvarla, pero se vieron en serias dificultades para llegar a la orilla. Para cuando los equipos de salvamento llegaron hasta los tres náufragos, ya nada se podía hacer por salvarle la vida a esta joven madre gijonesa.