FRANCISCO GARCÍA
Fotogénica es la mar de Gijón cuando el temporal azota el Muro con golpes secos y airados, latigazos de olas que rugen y salpican el paseo. Decenas de personas desafían el cordón de seguridad impuesto por mandato municipal y se acercan a la barandilla a fotografiar el embate marino, a llevarse en la retina de la cámara el recuerdo bravío de un océano que en su cénit otoñal abandona la mansedumbre y se encabrita, atacando la pared de hormigón con la persistencia obstinada con que el boxeador golpea el saco. Tiene la mar de los temporales ese poder misterioso y narcótico que te mantiene en estado de hipnosis, con la vista pegada al horizonte. No se puede apartar la mirada del manto níveo de espumas que teje el encontronazo de las olas. Desde el muro, frente al mar, el espectador pierde la noción del tiempo y del espacio y queda a merced de ese monstruo milenario y cruel que, como las sirenas de Ulises, embelesa con sus cánticos para devorarte, una vez entregado a sus brazos, las entrañas.