Ángel CABRANES
«Esto se lleva en la sangre». Manuel Pérez Murias explica de esta forma el por qué su familia es una de las últimas en el puerto de Gijón en la que todos sus miembros se dedican a la pesca de bajura. Hace 33 años se inició en el oficio junto a su padre Luis en aguas de Tapia de Casariego. Tras casarse con Lidia Esther Blanco, hija de un capitán de la marina mercante, se trasladó a Gijón, donde junto a sus tres hijos: Pedro, Manolo e Iván, continúa con la tradicional pesca de bajura, que en su día caracterizó la economía regional y en la actualidad no pasa por su mejor momento.
«El nuestro es uno de los últimos casos en Gijón. El único similar es el de la familia Pantiga, aunque sólo el padre y el hijo continúan en el oficio», detalla Pérez Murias al término de la jornada laboral. Tras salir de puerto a las cuatro de la madrugada para faenar en la costa asturiana, retornan a casa pasadas las 15 horas. Una rutina que se repite de lunes a viernes. «Estamos centrados en la pesca de merluza. No ha sido uno de los mejores días, pero no podemos quejarnos», detalla el marinero.
Sus hijos, Pedro e Iván, preparan la furgoneta para trasladar el pescado a la rula de Avilés, donde habitualmente realizan la venta de sus capturas, mientras el tercero de los hermanos, Manolo, retira el estibador de aparejos, que necesita una reparación. «Pedro, a sus 28 años, lleva ya trece trabajando conmigo. Manolo tiene 26 e Iván 25, ellos lo hicieron cuando cumplieron la mayoría de edad», detalla Manuel Pérez. No son los únicos vinculados al trabajo diario en la mar.
Su padre, Luis Pérez, marinero jubilado, echa una mano en el almacén, y su suegro, Paco Blanco, también jubilado, le da algún consejo desde su residencia en Ortiguera (Navia). «Mi mujer Lidia es la única que no participa directamente en el negocio, aunque tiene que aguantar de vez en cuando a cuatro marineros en casa», explica Pérez Murias con cierta dosis de humor.
Tan arraigada está la tradición pesquera en la familia, que el nombre de su embarcación, «Mapei», surgió fruto de la unión de las siglas de los nombres de sus hijos. «Lo botamos hace 12 años para sustituir a «Traviata», nuestro anterior barco, que era en su totalidad de madera», desvela el «capitán» de los Pérez.
A pesar de que el padre de familia ejerce mar adentro los galones que le dan su experiencia, Manuel Pérez reconoce que a la hora de faenar el trabajo se reparte sin distinciones: «Todos hacemos un poco de todo. Es una labor dura, que exige muchas horas y para la que hay que tener afición. Quizá por eso cada vez somos menos los marineros en esta ciudad».