FRANCISCO GARCÍA
Las personas mayores de economía saneada atraen a los timadores como la miel a las moscas. Es el problema de arrastrar, como ocurre en Gijón, una creciente población que envejece: se te llenan las calles de cuberos y tahúres que viven de aligerar la cartilla de ahorros de los pensionistas de igual forma que las tribunas públicas sirven de peana a políticos que, en compensación, prometen subir las pensiones. La Policía busca a dos desalmados que, disfrazados de revisores de la instalación del gas, han estafado 1.600 euros a una muyerina de Gijón de 81 años. Con tanto fraude y mohatra, nuestros pobres abuelos viven asustados en el rellano de la desconfianza: no se fían de tanto trilero y truhán que anda suelto; ni de chalanes y chamarileros de la actividad pública cuyas promesas se apagan, a las pocas horas, en la pira del olvido interesado, como fuegos fatuos. Tal están las cosas que no sabe uno si hay más timo y estampita en la calle o en los programas electorales, pasados y venideros.