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Tropezando dos veces en la misma piedra

La necesidad de restablecer en la sociedad los valores éticos

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Tropezando dos veces            en la misma piedra
Tropezando dos veces en la misma piedra  

FERNANDO DE LA HOZ ELICES La crisis financiera de 1929 tiene paralelismo con la actual, pues a pesar de que las circunstancias y los medios de entonces no eran los mismos, los vicios y errores sí parecen repetirse.

Se superaba la crisis de 1926 con un crecimiento excesivo. Eran años de abundancia irreal. Los banqueros y los gobiernos creían que con sus préstamos y excesivo endeudamiento alejaban la crisis, cuando en realidad la agravaban. El comercio internacional se desarrollaba con una ambiciosa expansión. En los mercados financieros se obtenían grandes beneficios a corto plazo y los bancos comerciales competían desenfrenadamente entre sí para consolidar y ganar cuota de representación. Los balances de los bancos crecían de forma desorbitada, y todo parecía ir viento en popa. Pero no todo era color de rosa, se habían corrido grandes riesgos, especialmente en el campo inmobiliario y de distribución. La euforia ante los crecimientos impedía atajar el excesivo endeudamiento de las empresas y de los gobiernos, y como el dinero sólo se dirigía al corto plazo, se estaba poniendo en peligro la economía mundial y la especulación afloraba sin ningún miramiento de estabilidad y base para el futuro.

A principios del año 1929, las cotizaciones en Bolsa superaban todas las expectativas, sin que en la mayoría de los casos existiese ninguna relación con el crecimiento de las empresas, de sus activos o de las perspectivas del beneficio futuro. Un banquero observador de entonces (Paul Warburg) dejaba constancia de su parecer ante esta situación: «Si la orgía de la especulación incontrolada no se modera, la caída final no afectará solamente a los especuladores, sino que provocará una depresión que repercutirá en el mundo entero». Y llegó lo esperado a finales del mismo año.

Sólo se salvaron aquellos que se opusieron a la economía de deuda desmesurada a sabiendas de que el endeudamiento general público y privado, agravado por la especulación y dirigido a intereses políticos particulares, tarde o temprano lo pagarían los deudores o los propios acreedores.

Ahora, la solución a la crisis actual, dentro de la incertidumbre, está por llegar, sin embargo, bien nos vendría tener en cuenta la piedra del camino en la que ya tropezamos con anterioridad.

Para volver al equilibrio sin crisis financiera será necesario que los banqueros hagan de la necesidad virtud y mantengan sus préstamos a las empresas; que los países en desarrollo agraven su política de rigor; que los países desarrollados e industrializados mantengan su equilibrio de crecimiento sin menoscabo del desarrollo de las economías emergentes y que los déficits presupuestarios se reduzcan en todas partes.

Mucho ayudará sin duda que los gobernantes restablezcan los valores éticos y morales en la sociedad, además de fomentar el esfuerzo individual y colectivo, con la seguridad de que «si uno se dedica con todas sus fuerzas a algo, entonces todo acaba por resolverse bien».

Pero no nos engañemos, la especulación, lo irracional y la política de los mediocres seguirán haciendo las leyes del mundo. Sin duda, aparecerán nuevos grupos de decisión, con el apoyo y consentimiento de algunos gobernantes, y conseguirán hacerse su lugar en los órganos de poder, que serán vigilantes del tiempo futuro, sin preocuparse de la dignidad de los pueblos ni del trabajo y esfuerzo de las personas.

Quizá haya llegado el momento de no tomar en cuenta a las personas mediocres, aunque gobiernen y/o tengan poder, pues éstas cuando tienen influencia las ejercen en mala dirección.

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