PEDRO ARMADA
Jesuita e investigador de los crímenes de la UCA
J. MORÁN
En la madrugada del 16 de noviembre de 1989 -se cumplen ya 20 años-, soldados del ejército salvadoreño asesinaron a seis jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador, y a Elba y Celina Ramos, con el fin de no dejar testigos de la matanza. Esta tarde, a la siete, se celebra una misa en su memoria, en la parroquia de San Esteban del Mar del Natahoyo. El jesuita Pedro Armada, superior de la Compañía de Jesús en el Natahoyo, convivió con aquellos sucesos.
-¿Dónde estaba usted el día de los asesinatos?
-En Nicaragua. Esa mañana había salido de Estelí, donde estaba en un escuela de agricultura, hacia Managua. La radio interrumpió su programa para anunciar que habían aparecido personas muertas en la UCA de El salvador, pero sin dar nombres. Pensé que uno de ellos podía ser Ignacio Ellacuría. Fuimos a la sede de la UCA en Managua y nos dieron los datos del asesinato.
-¿Qué se le pasó a usted por la cabeza en ese momento?
-El impacto fue impresionante. Conocía a Ellacuría desde 1971, cuando fue profesor mío; a Amando López le conocí cuando fui destinado a Nicaragua; Juan Ramón Moreno me había dado Ejercicios Espirituales ese mismo año... Pero después me impresionó algo sorprendente. A un jesuita que aquella mañana estaba mirando los cadáveres de sus compañeros muertos le preguntó una periodista norteamericana: «Padre, ¿que siente?». Y él respondió: «Envidia». Me llegó muy adentro porque coincidía con lo que uno sentía.
-¿Es decir?
-Pese a todo, aquello era una gracia, algo que te cierra la vida, pero no deja lugar a dudas sobre el sentido que esas vidas habían tenido.
-¿Se ha llegado a la verdad?
-En El Salvador hubo un juicio amañado. Hubo condenas para dos militares que eran los únicos que no habían disparado contra los jesuitas. Después, en marzo de 1993, salió el informe de la Comisión de la Verdad que vino a corroborar todo lo que nosotros habíamos investigado. Pero a los cinco días de ese informe el Gobierno de El Salvador decretó una amnistía y los dos condenados salieron de la cárcel. Todo ello fue una burla, el juicio y la amnistía, una demostración de la impunidad de los autores de la muerte de los jesuitas y de numerosas matanzas por parte del Ejército.
-¿Y EE UU?
-Tiene muchísimo que ver con lo sucedido en aquellos años. Financió el Ejército, la propia guerra y las atrocidades. Y durante las investigaciones, EE UU fue parte activa del encubrimiento.
-¿Cuál fue el cometido que usted tuvo?
- A los pocos días del asesinato me llamó el provincial como ayudante suyo para dar seguimiento al caso y de ahí los informes que eleboramos.
-¿Qué sentido tiene todo aquello?
-Eran personas profundamente cristianas y evangélicas que buscaban la paz como única salida en El Salvador, frente a las ideas del Ejército y del FMLN. Aparte de universitarios de alto nivel, fueron hombres de conciliación. El mensaje que nos dejan es que cualquier persona que quiera seguir a Cristo y al Evangelio tiene que confiar en una esperanza y construir un mundo un poco mejor del que se ha encontrado, gracias a la justicia.
«El juicio de los asesinatos fue una burla y la demostración de la impunidad de sus autores»