EMILIO MUÑIZ GARCÍA
POR CUCA ALONSO
Presidente de la Asociación de Amigos del Campo Valdés
Este asunto de la Asociación de Amigos del Campo Valdés, cuya entidad está a punto de celebrar su almuerzo anual, despertó mi curiosidad. ¿Qué sentido habría que darle? ¿Defensa del entorno, mantenimiento ecológico, exaltación de un hermoso espacio público, interés histórico? Nada de eso, aunque de modo implícito, en su esencia también se reúnen todos los motivos anteriores, pero la razón principal va más allá al ser de tipo humano; una sencilla y admirable cuestión de nostalgia.
Emilio Muñiz es su presidente. Un señor afable, sincero y expresivo hasta el punto de que muchas de sus explicaciones iban acompañadas de dibujos, «aquí había una calle», «en esta esquina se abrió una puerta...». De excelente cabeza y mejor memoria, la charla con él fue descubriendo a un profundo conocedor de Gijón y sus gentes. Circunstancia que en contrapartida, lo presenta a su vez, como un personaje muy popular. Nacido en Cimadevilla, 1934, en la calle Gregorio García Jove, Emilio Muñiz fue hijo único. Su padre trabajó como ajustador en la Constructora Gijonesa. Tras hacer sus primeros estudios en el colegio de los Hermanos La Salle, «los baberos», Emilio comenzó a trabajar en el estudio del arquitecto Álvarez Hevia.
-¿Con qué responsabilidad?
-Siempre he sido delineante. En aquellos primeros años, cuando salía de trabajar, a las seis de la tarde, iba a la Escuela de Industrias para seguir los cursos de maestría industrial. Me hice maestro industrial y continúe trabajando de delineante. Permanecí 40 años en aquel estudio, hasta que se jubiló Álvarez Hevia. Luego estuve con los arquitectos García Arias, y el último, Jorge Noval.
-¿Se terminó ahí su vida laboral?
-No, tras un año en el paro me contrataron en el Garaje Pleva, en la calle Marqué de Casa Valdés, de encargado. Cuatro años, hasta la jubilación.
-Bien, ¿qué significa Cimadevilla en toda esta trayectoria?
-Es mi vida. Primero residí en la parte oriental, más próxima a la playa de San Lorenzo, y luego en una zona opuesta, detrás de la antigua fábrica de Ojeda.
-Ha sido usted presidente de la Asociación de Vecinos de Cimadevilla, ¿qué le empujó a ello?
-Los fundadores fueron Pepe Bajamar y Manuel Verdiales, al que llamábamos «el farma», porque trabajaba en la farmacia frente a la Casa de Nava. La entidad, anteriormente se denominaba Asociación de Cabezas de Familia, pero después de morir Franco pasó a ser Asociación de Vecinos. Un día Pepe Bajamar me invitó a entrar de vocal en la junta. Estuve mucho tiempo, hasta que me nombraron presidente, pero transcurridos nueve años tuve que dejarlo por motivos de salud y conmigo se fueron todos mis compañeros. Hubo elecciones y se constituyó una nueva directiva, que es la actual. De esto hace seis años.
-¿Cómo fueron esos nueve años de presidente?
-Muy interesantes, luchamos mucho con las administraciones a favor del barrio. Conseguimos que se renovaran todas las fachadas de las casas, y se pavimentaron las 52 calles que cuenta Cimadevilla. Aparte se logró que la Casa del Chino, una vez rehabilitada, se utilizara como Casa de la Cultura y sede de la Asociación. Antes se obtuvo un logro muy importante, que los terrenos del cerro revirtieran en el Ayuntamiento, ya que estaban ocupados por el Ministerio del Ejército. Para esto fue preciso viajar muchas veces a Madrid. Ahora la atalaya es una maravilla; el único fallo es el botellón y el gamberrismo de los fines de semana.
-¿Cree que es un problema de fácil solución?
-Nosotros propusimos que se estableciera vigilancia, incluso evitaría accidentes, pero nos hicieron caso unos días, y adiós. Ahora pasa un coche de policías de vez en cuando, pero de noche, nunca.
-Se ha abierto cierta polémica en torno a la escalera 0...
-Que yo recuerde, mientras estuvimos nosotros en la directiva, en total unos veinte años, nunca se pidió esa escalera. Y lo que vemos ahora es que su única utilidad es para cuatro chavales que se bañan ahí por el verano; el resto del año tiene un terrible peligro en cuanto se mete el mar. Podrían cerrarla durante el invierno y así se evitarían riesgos de las personas ignorantes del riesgo que conlleva.
-Es evidente que su vocación asociacionista no se terminó con los vecinos...
-No, soy miembro de la junta directiva de la Residencia de Ancianos de Cimadevilla.
-¿Y qué tiene que decir de la Asociación de amigos del Campo Valdés?
-Fue nuestra infancia. El Campo Valdés era el único jardín de Cimadevilla y en él jugábamos a todo, hasta al fútbol en mitad la carretera; como sólo pasaba un coche cada tres días... Recuerdo que había un señor que llegaba de Madrid todos los veranos, en un automóvil precioso con chofer, y nosotros quedábamos bizcos. Se dirigía al Club de Regatas y decíamos, «ya vino esti». Toda nuestra actividad se desarrollaba en el Campo Valdés, y cuando lográbamos reunir unos céntimos íbamos a alquilar unas bicis para dar vueltas y vueltas por el Campo. Ninguno de nosotros tenía bicicleta. Otras veces comprábamos «negritos» en la confitería de Fernando, que estaba en la plaza del Ayuntamiento, junto al Hotel Asturias; eran unos pasteles riquísimos. Y vimos renacer, paso a paso, la Iglesia de San Pedro.
-¿Era guapo, aquel Campo Valdés?
-Era distinto. Tenia una pradera y un banco corrido a lo largo de la pared del Palacio, hoy Colegio del Santo Ángel, en el que se sentaban las señoras. Ya se habían descubierto las termas romanas, pero sólo se accedía a ellas a través de un registro en el suelo, situado cerca de la pared del colegio, por el que de vez en cuando veíamos bajar a alguien. Luego se hizo una pequeña puerta, que aún se conserva, en el muro de cierre del palacio.
-Hubo una gran protesta vecinal, ante el proyecto de reforma del Campo Valdés...
-Sí, todos los días a las doce de la mañana se producía una cacerolada y se colgaron paños verdes en los balcones, pero se logró que modificaran el proyecto inicial que era horrible. Entre otras cosas ponía un muro a tres o cuatro metros de la iglesia de manera que tapaba la mitad de ésta; hoy, esa panorámica de la iglesia es el encuadre más fotografiado y pintado de la ciudad.
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«La Atalaya es una maravilla; el único fallo es el botellón y el gamberrismo de los fines de semana»
«El Campo Valdés fue nuestra infancia; era el único jardín de Cimadevilla y allí los guajes jugábamos a todo»