J. M. CEINOS
Las obras de ampliación de El Musel deben estar terminadas en octubre del año que viene, según figura en el último modificado de obra y presupuesto. Con ellas, Gijón contará con el mayor puerto de su historia, es decir, con un superpuerto. Pero hace 150 años la villa también vivió otra gran ampliación portuaria, la primera de su historia, con la construcción del dique de Santa Catalina, que permitió dotar al puerto viejo de un antepuerto con mayores calados y líneas de atraque.
A mediados del siglo XIX Gijón, con la puesta en servicio del Ferrocarril de Langreo, entró de lleno en la industrialización. Por ello era absolutamente perentorio ampliar el puerto viejo, que se reducía, entonces, a la llamada dársena de La Barquera, o sea, la encerrada por los denominados «muelle de mar» (aproximadamente donde se ubica hoy la antigua rula) y «muelle de tierra» (el que delimita ahora con la dársena de Fomentín).
Una visita regia a la villa, la de Isabel II, permitió que las «fuerzas vivas» locales planteasen el asunto a la Soberana, lo que determinó el interés del Reino en la ampliación del puerto local. En «Historia del puerto de Gijón», que editó el Ministerio de Fomento en el año 2002, libro del que son autores Juan Antonio Rodríguez-Villasante y José Troya, podemos leer al respecto: «La Reina, informada ampliamente y con anterioridad de los anhelos de Gijón con respecto a su puerto y habiendo conocido además en la propia ciudad la enorme necesidad de las obras, despachó este asunto con el presidente del Consejo de Ministros, de manera que el general O'Donnell asumía la realización de la obra y el día 17 de agosto de 1858 quedó definitivamente acordada la ejecución del citado dique o muelle de abrigo y cierre del puerto».
La ampliación consistió en la construcción de un dique y muelle al Norte del puerto viejo, arrancando a los pies de la llamada Casa de las Piezas (un almacén de artillería de las defensas costeras que estaba ubicado donde ahora se alza la escultura "Nordeste" y que no hay que confundir con el fuerte viejo, situado más arriba).
«Los trabajos duraron prácticamente seis años, terminando en 1864 y con un coste de 6 millones de reales, que abonaron, en partes iguales, el presupuesto del Estado y el del Ayuntamiento de Gijón», escribieron Rodríguez-Villasante y Troya.
Decididas, entonces, las obras, el 11 de diciembre de 1859, en una escribanía pública de la villa de Gijón, se redactó el contrato en el que dos maestros canteros «vecinos del pueblo de Marquina, en Vizcaya (...) manifestaron que habían ajustado y tomado de su cuenta la saca, labra y conducción a este villa de todo la piedra que sea necesaria para la construcción de las obras del muelle de Santa Catalina». Se llamaban Ramón de Alcorta y José Alberdy.
En el documento, los vizcaínos, «con objeto de facilitar los trabajos de su compromiso», acordaron con Diego Ruiz y Ramón Pelayo, que eran vecinos de Gijón, que se hicieran cargo del transporte «de toda la piedra que con destino a dichas obras saquen y labren» Alcorta y Alberdy «de las canteras descubiertas y que se descubran y exploten en terrenos de las parroquias de Roces y Contrueces y se hallen situadas dentro del círculo o radio que forman partiendo de esta población las carreteras de Sama o Carbonera, la de la Travesía del Obispo, que empalma en Roces con la de Oviedo, volviendo por ésta a Gijón, para lo cual han formulado las bases de su convenio que unos y otros se obligarán a cumplir estrictamente por este contrato».
Los maestros canteros vascos también se comprometían «a facilitar la piedra de machaques o menuda que resulte de las canteras» para «rellenar los baches o desigualdades del terreno» por los que tenían que transitar los carros con la piedra para la ampliación portuaria y «sin retribución alguna», o sea, por cuenta de los canteros.
Asimismo, en el contrato figura que «la carga de las piedras sobre los carros al pie de la cantera (...) ha de verificarse por obreros de la cantera ayudados, si es preciso, por los carreteros conductores».
Negro sobre blanco también figura en el contrato que «el arrastre de la piedra labrada se entiende para este contrato desde las canteras en explotación y que se abran en terrenos de las parroquias arriba expresadas hasta ponerlas en este puerto y sitio que sea más apropiado para la descarga».
Otra condición del contrato era que los canteros vascos también tendrían que pagar el transporte de la piedra depositada por los carreteros de Diego Ruiz y Ramón Pelayo en el puerto que fuera considerada inútil por el ingeniero de los trabajos.
Como garante o fiador subsidiario del pago de los canteros vascos a los carreteros gijoneses figuraba Francisco Lequerica, «residente en esta villa y apoderado representante en este puerto de las obras de construcción del muelle del mismo», que dio nombre popular al dique de Santa Catalina. «Y en nombre de dicha empresa, garantiza a Diego Ruiz y Ramón Pelayo el puntual pago del premio del arrastres a que se han obligado, si no se les satisfaciese por los sacantes Ramón Alcorta y José Alberdy».
En el caso de que surgiera la necesidad de extraer piedra de otras canteras no señaladas, en el contrato se reseñaba: «Si alguna otra cantera se abriese en terrenos de las mismas parroquias de Roces y Contrueces o en otros sitios fuera del radio o círculo arriba indicado, cualquiera que sea la distancia, la conducción de la piedra de las otras canteras que también se comprometen los referidos Ruiz y Pelayo a hacer, será con el aumento de precio proporcional a la distancia mayor que resulta del radio demarcado sobre el precio concertado». Así fue hace un siglo y medio.